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Don Quijote

No es objetivo de este artículo acercarse histórica ni literariamente a Don Quijote. Don Juan Antonio García Villa lo ha hecho, y muy bien, en estas mismas páginas de nuestro VANGUARDIA. Ahora que la obra está cumpliendo 410 años de haber salido a la luz la primera parte, me referiré a la llegada del libro a América y a la primera representación de las entrañables figuras de sus dos personajes claves.

Los rasgos de las inmortales efigies de Don Quijote y Sancho Panza permanecen incólumes desde que esas dos figuras ecuestres aparecieran por primera vez en la portada de una edición inglesa de 1620, representadas en un grabado en cuyo fondo se ven los molinos de viento. Con ese grabado se inicia una muy noble serie de ediciones ilustradas por artistas de todas las épocas y nacionalidades. Las firmas de pintores y grabadores como Smirke, Doré y Salvador Dalí alternan con láminas rusas, croatas, holandesas, italianas y hasta con las japonesas, de insondables misterios para los occidentales.

Las innumerables ediciones del Quijote se han hecho en todos los idiomas de la tierra, aún en las lenguas más exóticas: nórdicas, hebraicas, arábigas, turcas, indostánicas. La famosa historia del valeroso caballero quizás sea la que verdaderamente ha llegado a todos los rincones del planeta. En lo referente a la historia de la América española se conoce un curioso episodio. Se dice que la primera edición de Don Quijote fue traída completa al Nuevo Mundo, que se desembarcó en Perú y que los libros fueron distribuidos por un mercader en la región del Cuzco. Poco tiempo después, en uno de los pueblos cuzqueños más alejados de la civilización tuvo lugar una increíble aparición. Las autoridades habían convocado a un certamen a la usanza europea, en el que por tandas, dos caballeros, disfrazados, se enfrentaban en una carrera para ensartar en su lanza una sortija. La sorpresa de la gente fue mayúscula cuando a la justa se presentó el “caballero de la triste figura” montando un jamelgo igual al Rocinante y acompañado de su escudero, el inefable Sancho, en flamante asno. El caballero disfrazado de Don Quijote resultó ser el alcalde del pueblo, que no ganó el certamen, pero sí el premio al mejor disfraz. Del suceso quedó un registro escrito y, hasta ahora, no se conoce otro más antiguo. Se considera, por tanto, que esa fue la primera vez en el mundo que las figuras de los famosos personajes fueron representadas por hombres de carne y hueso.

Mucho se ha escrito del Quijote. Representación del justo medio entre la realidad y la fantasía, al caballero de la triste figura le han cantado los mejores poetas del orbe. Entre los nuestros, Renato Leduc lo bautizó “El manchego quimerista”, y Rubén Darío le cantó en el poema “Letanía de nuestro señor don Quijote”: “Rey de los hidalgos, señor de los tristes, / que de fuerza alientas y de sueños vistes”, y trae a Hamlet para que le ofrezca una flor a Alonso Quijano, a Don Quijote, al que llama “noble peregrino de los peregrinos”.

Sería bueno, como Don Quijote, no tomarse muy en serio por más que el drama quiera apoderarse de nuestras vidas.

Que hagamos persistir esa especie de humor que al noble caballero le hacía divertirse con la humanidad, en vez de odiarla, aunque para eso tengamos que ver, como él, doncellas en las prostitutas, inocentes esclavos en los presos y soldados en los borregos, y tener siempre presente lo que le contestó a Sancho cuando le preguntó la causa de tanta locura si Dulcinea no había hecho nada que la justificase: “El toque está en desatinar sin ocasión”, le dijo.

Desatinar siempre, aunque no haya una razón, quizás sea la manera de mantener vivos al mismo tiempo los sueños y la realidad en nuestras vidas, como lo hizo Don Quijote en la suya.
 
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