¿Cómo es tu relación con los libros? Celebramos el Día Internacional del Libro haciéndonos esta pregunta

Estos días nos han hecho voltear hacia lo digital como una herramienta útil, pero para celebrar a los libros quisimos volver a lo físico con la colaboración de dos escritoras saltillenses, quienes nos contaron su relación con la lectura y sus bibliotecas personales

Abre el libro y aspira el aroma del papel; si nuevo, fresco, y puede que aún con la fragancia industrial de la imprenta y la tinta; si viejo, con un dejo de dulzor, los años encima y dependiendo de su cuidado, el moho o la tierra que te hablan de su edad.

Para un lector asiduo su relación con el libro es especial, tal vez de la misma forma que la de cualquier otra persona con su objeto de afición, pero en el ámbito de las letras es común encontrarnos individuos que tienen en su posesión pilas y pilas de textos de todo tipo; algunos de ellos leídos y releídos miles de veces, otros tantos —mala la práctica— adquiridos para su lectura a futuro pero atrapados en una lista de espera que nunca parece avanzar y solo continúa engrosando sus números.

Por eso en el marco del Día Internacional del Libro invitamos a dos escritoras saltillenses, Sylvia Georgina Estrada y Eugenia Flores Soria, quienes nos compartieron un texto donde nos cuentan un poco sobre estos espacios construidos a base de letras y papel, bibliotecas personales que para cada una de ellas representa una relación diferente con el libro físico, al cual ponemos en esta fecha como protagonista, pues si bien la contingencia sanitaria nos ha hecho voltear hacia lo digital como una herramienta útil, no hay que olvidar el valor de la experiencia presencial.

En estos textos podremos encontrar dos distintas maneras de relacionarse con los libros, pero hay muchas más: existen los coleccionistas, siempre en busca de ediciones raras, y los acumuladores; los hay celosos y los que prestan y regalan sin mayor preocupación y hasta hay quienes han leído cientos y solo poseen unos cuantos. Y tú, ¿qué clase de lector eres?

Ilustración: Esmirna Barrera

Sylvia Georgina Estrada
Periodista cultural y escritora

Mis abuelos paternos tenían una biblioteca de 5 mil libros. Ahí pasé la mayoría de los veranos escolares, leyendo libros que no entendía o que no debía leer. En ese lugar conocí a Dostoievski, Dumas, Cervantes. También tuve encuentros con obras que me provocaron pesadillas, como La Divina Comedia, o que me conmovieron profundamente, como Los Miserables.

Llegué a la biblioteca porque era el lugar más fresco de la casa y tenía un aura misteriosa, con estantes que llegaban hasta el techo y que yo debía trepar para leer los lomos de los libros. Ahí desarrollé el gusto por el libro como objeto. Era un pequeño ritual: hallar un título interesante, admirar el encuadernado, oler sus páginas y sentirlas crujir bajo la mano.

Me casé hace medio año con Julián Herbert y entre los dos hemos armado una biblioteca que sobrepasa a la que tenían mis abuelos. También está en el lugar más fresco de la casa, tiene plantas y un enorme ventanal por el que entra la luz. Los libros están ordenados por género literario y la poesía ocupa el lugar de honor.

Entre los títulos más valiosos que tengo pondría mi colección de 10 libros de Sylvia Plath, que reúnen todo lo que ella escribió y dibujó. También las obras que me firmaron algunos Premios Nobel: Walcott, Pamuk, Vargas Llosa, Le Clézio y Olga Tokarczuk.

Ritual. Para Sylvia Georgina Estrada su relación con los libros empezó de niña, rodeada de ellos e inmersa en la experiencia del libro físico. Fotos: Cortesía

Eugenia Flores Soria
Escritora y periodista cultural

Al hablar de bibliotecas pienso en Fahrenheit 451, novela de Ray Bradbury. ¿El escenario? Una sociedad utópica en la que está prohibido leer. Los bomberos, en vez de apagar incendios, queman libros. Hay dos opciones: morir inmolado entre los interminables volúmenes de papel o escapar. Los forajidos se aprenden de memoria las obras literarias. Ellos son los libros. Es decir, el objeto (las hojas encuadernadas donde se imprimen miles de palabras) es prescindible. Eso lo entendí pronto. En mi casa teníamos solo algunas enciclopedias, como todo mundo. No heredé muchos tomos, así que yo misma inicié mi colección. Con esfuerzo mi mamá me compraba algunas novelas recomendadas por Lupe Hernández, el encargado de la Librería Universitaria. Más tarde descubrí las bibliotecas públicas. Todavía pertenezco a la estirpe en extinción de los usuarios, con credencial y listas de adeudo. Hace siete años me enojé con la vida y regalé casi todos mis libros. Después me contenté con la vida y regalé cajas de libros. Cada año, como una especie de ofrenda cósmica, alguien me dona un acervo y lo recibo con amor. Evito la acumulación y no me atrae la búsqueda de libros exóticos, antiguos o valiosos. Porque quizá un día se caiga el techo viejo de mi sala o se inunde (como ya pasó una vez). Me gusta pensar que el libro es móvil, va y viene; que trae fecha de caducidad: se deshace, se marchita y muere. La literatura, en cambio, permanece. Un poema puede leerse en la pantalla más moderna, en un libro antiguo, en una piedra. Igual aflora y nos cambia la vida.

Ofrenda. Para Eugenia Flores Soria su experiencia con los libros se concentra en el contenido y no suele apegarse mucho al objeto en sí.