Desorden territorial, es tiempo de pasar a la acción

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Desorden territorial, es tiempo de pasar a la acción

Hace unos años, gobiernos locales, estatales y federal comenzaron a manejar dependencias –entre ellas secretarías– que llevaban las palabras “ordenamiento territorial”. Si bien no es un término nuevo, en política pública debería ser primordial.

Sin embargo, pareciera que el ordenamiento territorial no es tarea esencial de los gobiernos, pues a lo largo de años, e inclusive décadas, han dejado de ponerle atención al tema y a lo mucho hablan de ello sin aterrizar mucha cosa. Y por ello vemos calles mal construidas, colonias nuevas con desabasto de agua, hacinamiento en ciertas áreas y hasta abandono de polos esenciales. Desorden territorial.

Hablar de un ordenamiento territorial sería alcanzar una sostenibilidad y armonía en varias aristas como la social, economía, medio ambiente, cultura, entre otros.

Torreón es un ejemplo de cómo la falta de planes y estrategias territoriales se reflejan en su crecimiento desperdigado. La ciudad creció como un abanico –dice José Antonio Ramírez Reyes, director de Planeación Urbana Sustentable del Instituto Municipal de Planeación (IMPLAN) Torreón– en una entrevista para esta columna. Es decir, creció en varias direcciones, y el centro ya no es centro, pero le seguimos llamando centro y seguirá siendo el centro.

Según datos del IMPLAN, de 1970 a 2015 Torreón creció siete veces su mancha territorial, mientras que su población creció 3 por ciento, es decir, la mancha territorial creció el doble que la población, cuando ONU Hábitat recomienda que sea una proporción de 1 a 1.

ONU Hábitat, que es el encargado de políticas sostenibles en asentamientos humanos, establece que lo ideal es tener 150 habitantes por hectárea en una ciudad, cuando en Torreón el promedio es 42, según datos del IMPLAN.

Urbanistas, ingenieros y arquitectos han hablado desde hace años, quizá también décadas, de apostarle a la vivienda vertical y a los usos de suelo mixtos. La realidad es que en la ciudad existen únicamente dos proyectos de vivienda vertical y ambos están al norte de Torreón.

Si bien el IMPLAN realiza un inventario de edificios del Centro Histórico que podrían ofertarse a inversionistas para construir dichos tipos de vivienda, la realidad es que la intención lleva varios años en el tintero sin que se pueda concretar proyecto alguno.

Mientras que los usos de suelo mixtos también han quedado en la retórica. La directriz urbanística de la ciudad está marcada para tener espacios de recreación, vivienda y servicios muy delimitados en ciertas zonas, cuando la esencia de un suelo de uso mixto es que en una misma zona se tenga al alcance todos esos conceptos. Sin embargo, en el Centro por ejemplo se tiene un registro del 42 por ciento de uso de suelo habitacional, contra un 47 por ciento de uso comercial. De ahí en más, zonas como el norte de la ciudad no tienen espacios públicos e ir a una tienda de autoservicio requiere, en muchos casos, del uso de automóvil.

AL TIRO

En Torreón, la población comenzó a irse del centro hace años y la inseguridad vivida hace 7-10 años terminó por expulsar a la gente: hay 2 mil 981 viviendas (Inegi, 2016) en el polígono del centro y del total el 26.6 por ciento de las viviendas están deshabitadas y en el resto hay un promedio de dos habitantes por vivienda. Si bien hay un regreso –mínimo– gracias a la reactivación de la vida nocturna (antes de la pandemia), todavía se está lejos de repoblar el centro de la ciudad.

La dinámica en Torreón –como en muchas otras ciudades– fue comenzar a construir especies de guetos (fraccionamientos cerrados) que levantaran una especie de muro que brindara “seguridad” a las familias. Ahora es común inclusive que en las estrategias de venta de nuevas casa se ofrezca un “estatus” de seguridad mediante los fraccionamientos cerrados y “vigilados”.

El crecimiento exponencial de la mancha urbana es reflejo del desorden en el desarrollo urbano y también de la falta de políticas públicas que lleven a un buen camino. Los gobiernos sólo tienen la mira puesta a tres o seis años y no importa allende esa frontera de tiempo.

Los costos y efectos de ese desorden lo experimentamos todos: mayor gasto público en resolver problemas urbanos que es al fin dinero nuestro, un mayor colapso en servicios públicos, calles mal pavimentadas que parece que por allí cayó un bomba, falta de agua o de drenaje; también hay más contaminación porque se genera más movilidad motora y eso también nos cuesta en los bolsillos, cambios de uso de suelo agresivos que aceleran el deterioro del ambiente, entre otros.

Hay buenas intenciones porque se habla de las viviendas verticales, de repoblar el centro, de los usos de suelo mixtos, pero de buenas intenciones nadie sobrevive. Es tiempo de pasar a la acción.