Demos gracias a Dios (II)

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Demos gracias a Dios (II)

El hijo de aquel señor era mocetón sano y robusto, y además bien parecido. Tenía un defectillo, sin embargo: era pendejo, si me permiten ustedes ese calificativo. Diosito, que lo llenó de buenas cualidades de cuerpo, no fue tan generoso con él en lo que atañe a la inteligencia, y le dio un cerebro de pájaro chilero, o más pequeño aún. Era muy pendejo aquel muchacho, perdónenme la reiteración. Si hubiese habido un concurso mundial de pendejez él habría optado al primer lugar, pero habría sacado el segundo, por pendejo.

Cierto día el chico le dijo a su papá, en tono muy solemne, que necesitaba hablar con él. Se preocupó el señor, pues nunca su hijo buscaba tales pláticas. Fue con él al despacho que en su casa tenía, y cerró la puerta para dar una mayor reserva a la conversación.

-A ver -se dirigió al muchacho-. ¿Qué te pasa?

-‘Apá -dijo el mancebo, avergonzado-. Fíjese que me acosté con una señorita.

-¡Qué barbaridad! -se consternó el genitor-. ¿Cómo fuiste a hacer semejante tontería?

Sobraba la pregunta. Los pendejos hacen pendejadas; ése es su oficio natural. Pero el padre preguntó eso porque pensó en todos los problemas que con su acción iba a causar el hijo. El muchacho tenía apenas 18 años; de seguro tendría que casarse. El problema era grave. Su esposa debía enterarse. Llamó, pues, a la señora, y ahí mismo le contó lo que su hijo había hecho. La pobre madre rompió a llorar desconsoladamente en la mejor tradición del cine mexicano de aquella época.

-Dime, desdichado –le preguntó a su hijo luego que recobró el sosiego-. ¿Quién es la señorita esa que dices?

-Se llama Gladiola -respondió el muchacho.

-No recuerdo a ninguna muchacha de ese nombre -intervino el papá-. ¿De qué familia es?

-A su familia no la conozco -contestó el hijo-. No es de aquí. Pero me gustó mucho estar con ella, y me quiero casar.

-¿De dónde es? -interrogó, angustiada, la señora-. ¿Cómo la conociste?

Narró el hijo:

-Me invitaron unos amigos a una casa. Había ahí baile con radiola, y hombres y mujeres que bebían en diferentes mesas. Se sentaron unas muchachas con nosotros, y esta señorita que les digo, después de tomarse una copa conmigo, y de que bailamos “Amor perdido”, “El gallo tuerto” y “Tengo una vaca lechera” me llevó a su cuarto. Ahí me desvistió, y ella se desvistió también. A mí me entraron muchas ganas, y me acosté con la muchacha.

La luz empezó a hacerse en el inquieto corazón del padre, y con ella brilló también un lampo de esperanza. Le preguntó a su hijo:

-¿En dónde está esa casa?

-En la calle de Terán -dijo el muchacho-. Tiene en la puerta un foco rojo.

El señor lanzó un suspiro de alivio tan grande que movió el candil y agitó las cortinas. Y es que la calle de Terán era donde estaban las casas de mala nota de Saltillo. Una gran sonrisa apareció en el rostro del progenitor.

-¿De qué te ríes? -le preguntó su esposa, que en su inocencia no sabía de aquella calle ni de aquellos lugares de pecado.

-De nada -recobró el señor la compostura-. Hijo mío, no te preocupes. Puedes ir a esa casa cuando te dé esa gana que te dio, y acostarte con la tal Gladiola cuantas veces sientas ganas, y sin contraer ninguna obligación. Otras cosas sí puedes contraer, pero ya te diré yo cómo evitarlas.

Se volvió el señor hacia su esposa, y añadió:

-Y tú, mujer, dale gracias a Dios. Tu hijo es pendejo, muy pendejo, pero al menos ya sabemos que no es…

Y dijo una palabra de cuatro letras que yo no puedo poner aquí por respeto a la moral pública. FIN.