De psicologías ilusorias
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De psicologías ilusorias
¿Los personajes de ficción poseen una “psicología”? Ésta fue la primera pregunta que surgió en la soledad cuando hace dos meses recibí una invitación para hablar sobre el tema en un ciclo de charlas, organizado la semana anterior, en la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Coahuila.
Redacté un sinfín de preguntas en papeles diversos que olvidé entre las páginas de libros y revistas. Anoté los nombres de novelistas, cuentistas, guionistas, dramaturgos y libretistas, desde Esquilo hasta digamos Fernando Arrabal, Christopher Nolan o Richard Wagner, para no mencionar a escritores de series televisivas o videojuegos.
Revisé el trabajo de algunos artistas plásticos que han realizado todo tipo de obras: óleos, acrílicos, grabados, esculturas, instalaciones o videos a partir de personajes de ficción. Me enfrenté, una vez más, con las series extraordinarias que José Luis Cuevas dedicó a Kafka, a Dostoyevski, al Marqués de Sade, a Celestina…
También regresé a Tenniel –el ilustrador de “Alicia”-, a Doré, a Botticelli –quien hizo espléndidos bocetos a partir de “La Divina Comedia”- y a otros más. Sin embargo, a pesar de mis pesquisas, Freud, Jung y los galimatías de Lacan siempre estuvieron ahí. Sigmund Freud y Cuevas, dos excavadores de la psiqué, dos exploradores de la sombría gruta del “yo”.
Como casi siempre, no pude dar con alguna respuesta. ¿Los personajes ficcionales son sólo una proyección de sus autores o son “seres autónomos”? ¿Quién es Raskólnikov, por ejemplo, el protagonista de “Crimen y Castigo”? ¿Quién/es son/es el Barón de Charlus, uno de los integrantes de la nómina de “En busca del tiempo perdido”? ¿Cómo es Josef K., el personaje principal de “El Castillo”, de Kafka? ¿Y Hamlet? ¿Y Neo, el héroe de “Matrix”, cuyas guionistas fueron Lana y Lilly Wachowski?
Siempre me ha intrigado la manera en que los comentaristas de cine, de teatro y de novelas hablan de los personajes: éste sufre de un trastorno bipolar, aquél es un esquizofrénico, el otro es un inadaptado, la otra está “de atar”, aquélla es una “histérica”… Los teóricos suelen convertir la ficción en realidad. Pero ¿Hamlet es de verdad un “melancólico”, como regularmente se le ha etiquetado?
¿Un ente de ficción puede ser tratado como una persona “real”? Ésa es la pregunta. En ella –y en sus posibles respuestas- se internó Stanislavski, el gran teórico del teatro. El actor y director de escena ruso dedicó casi toda su vida a la investigación de este fenómeno. A partir de sus observaciones y de su reflexión, escribió miles de páginas. Dos obras sobresalen: “El trabajo del actor sobre sí mismo” y “El trabajo del actor sobre el personaje”. Psicologistas hasta la médula, estos libros fundaron lo que con el tiempo se denominaría “el método”, que tanta influencia tuvo en el cine de Hollywood y, por supuesto, en el teatro de su época y aun en el de la nuestra.
Por eso “las emociones” fueron el primer motivo de su investigación: ¿cómo responde un ser humano ante determinados estímulos? Cuidado, pues no hablo de conductismo sino de representación dramática. En la primera etapa de su búsqueda, Stanislavski elaboró una suerte de tabla de instrucciones para auxiliar al actor en la “construcción” de su personaje: de ahí “Un actor se prepara”. Para ello, el histrión debía bucear en las profundidades de su inconsciente hasta encontrar los “resortes emocionales” que dieran “vida” a su creación.
Como muchas hipótesis de Freud, estos supuestos stanislavskianos han venido desmoronándose lentamente, aunque es imposible negar su importancia en la historia de la psicología y de la representación dramática, respectivamente. Sin embargo, hoy pocos piensan en que sea necesario “recordar mi crimen” para representar a un asesino serial. O que todo “lapsus” sea el indicio de una neurosis.
¿Podemos hablar de una psicología del personaje de ficción narrativa? Los manuales de dramaturgia o de guion cinematográfico suelen dedicar uno o varios capítulos a la “creación de personajes” y los eruditos de la Narratología y de otras disciplinas de la Teoría de la Literatura extienden ante nosotros amplísimas y complejas taxonomías, pero, además de su brillantez intelectual, ¿qué nos dicen sobre el carácter de un personaje de ficción?
Pues creo que más que de “psicología” podríamos hablar de una “caracterología de los personajes ficcionales”. Al menos me parece menos pretencioso, menos ampuloso y un tanto más preciso, si es que podemos convocar a la noción de precisión en este asunto.
Con frecuencia decimos o escuchamos una sentencia esperanzadora: “no te preocupes, la medicina está hoy en día tan adelantada…”, lo cual es cierto, pero tampoco podemos esperar que la tan adelantada medicina resuelva todos nuestros problemas de salud. Lo mismo vale para la psicología y la psiquiatría, a pesar del glamoroso empaque con que tantos médicos, psiquiatras y psicólogos se presentan en sociedad.
¿Pretendemos dar un grado de cientificidad al arte cuando hablamos de “psicología del personaje de ficción”? Si es así, tal vez nos engañemos. Dichos personajes son ilusorios: su realidad es lingüística y mental; tienen carácter, no psiqué. Blanche DuBois, Don Quijote y Ricardo III no cobran una vida hasta que una actriz o un actor los representan en un espacio escénico, en una película o en una buena serie de televisión. Aunque quizá me equivoque. Habría que discutirlo, supongo.