De amor, política y otras infecciones

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De amor, política y otras infecciones

Foto: Internet.

t-¿Cómo crees que se infectó? 

-Ay, no sé. Pero seguro desde chiquita lo mamó.

-¿Cómo?

-Pues sí, igualito que los Capuleto contra los Montesco. Es que odiar a otra familia se enseña. Uno no se contagia en forma espontánea. Es peor virus que éste que nos trae locos; porque es una infección con daños invisibles que llegan para quedarse. Se transmite a los hijos y ay de aquel que no deje claro el bando en el que está.

Me quedé callada. Imaginé a esa infección emocional como una hiel que se van dando junto a los alimentos y al cariño, así, como no queriendo a veces, o queriendo pero con inteligencia aguda, deslizando una frase, una lágrima o un grito que sea tal, que por un lado esconda el objetivo máximo del propósito, y por el otro, instaure fijamente el odio. 

Así las familias con historias de amor en medio o no, con herencias o no, se enfrentan. Los mismos portadores en tanto castigadores son doblemente víctimas pues sufren ya que reviven el daño hecho a sus antepasados, y una vez que se les ha agotado la reserva, magnifican discusiones para tener alimento con qué seguir ese antiguo hilo echado a perder. Si no hay sustancia reciente y parece que todo va bien, vuelven a hurgar en el pasado para que la razón siempre asista a la infección. ¿Cuántos lazos han estropeado en el mundo así? 

Vuelvo con ella al teléfono y le cuento que en el patio trasero una joven está triste. Su infección es el amor en silencio. Su voz es dulce y casi solloza. Habla por teléfono con alguien sobre la imposibilidad de estar en paz y confiar. Le dice que su amor, al ser cuestionado, ha estado en silencio más del tiempo que ella puede soportar. Y en medio la cuarentena, y en medio el cerebro que loco, se desboca, desatando esas otras infecciones, como imaginar cosas que no pasan, pero sí en la mente de ella, y también en la mente de él.

Y los políticos también. Un bando sepulta a otro con razones o sin ellas. Se distraen en la reyerta. Algunos infectados no verán las luz al fin de la cuarentena, pero el odio heredado y transmitido de un líder a otro, de una facción a otra, ese contagio es el peor de todo. Ese, va en ascenso. Ese, no cesa.

Las aves cantan más fuerte y seguido en el jardín, llegan por semillas y brotes tiernos.  ¡Que tomen su parte! Hace dos semanas que he visto a las catarinas en número considerable, ayudar a restaurar el orden en el pequeño huerto. Las naranjas se abren en las manos; las acelgas también. Hay un mensaje de cooperación que manda la naturaleza de la que formamos parte y en la que no nos reconocemos ahora, que hasta miedo tenemos al suelo, al viento y a los árboles. Pero allí sigue ella con su mensaje eterno: alianza, perfume y frutos.

Unas etéreas semillas de dientes de león levitan hasta aterrizar en la alfombra de mejorana; son un pensamiento albo. Vuelvo al interior de casa con el olor del romero en la espalda.

 

claudiadesierto@gmail.com