Y lo más seguro es que no haya convencido a nadie porque, en primer lugar, nadie le preguntó qué pensaba

En un mundo ideal nadie emitiría su opinión sin que se le hubiese solicitado antes de manera expresa.

Pero, como no vivimos bajo ese idílico pacto de convivencia; dado que tenemos de hecho juicios, dictámenes, sentires, consideraciones y veredictos para prácticamente todo y, considerando que nuestra cavidad torácica no es centro de acopio, pues, sin el menor recato ni reparo, largamos nuestras opiniones a diestra, siniestra y ambidiestra.

Y qué bueno, porque en un mundo sin ‘opinadores’ me quedaría yo sin chamba para empezar y la verdad no quiero volver a la vida Godínez.

¿Emitimos opiniones porque vayamos a influir con éstas en las decisiones o el comportamiento de los demás? ¡Ya quisiéramos! Primero cambia alguien de sexo que de parecer (esto es hoy más cierto que nunca).

Hay sin embargo buenas razones para opinar. Los mejores argumentadores, las autoridades en cada materia, los que saben presentar datos duros y fehacientes de una manera estructurada, recurriendo a figuras retóricas acertadas cuando conviene sin caer en las trampas argumentativas de las falacias, nutren y fortalecen las respectivas posturas dentro del debate público.

Otros nomás quieren escupir todo lo que les indigna, molesta, ofende o provoca comezón y ni modo, han de sumarse con su ruido a la discusión.

El problema real empieza cuando debemos o queremos opinar sobre temas que tocan las creencias más profundas de la gente. Ya sabe, la religión y todos los dilemas en los que juega un papel algo tan subjetivo como la moral.

El sentido común y la mayoría de la gente se pronuncian por vivir y dejar vivir sin importunar a nadie con nuestras cavilaciones. Peeeeeeeero, como especie estamos condicionados por la interacción. Y es que sin el continuo contraste de las ideas, dudo mucho que hubiésemos arribado a la Edad de Hierro. Lo siento, pero parte del precio del progreso es estar constantemente desmintiéndonos, refutándonos; disintiendo unos con otros, enarbolando a veces la verdad (o algo parecido, como la razón), otras veces con puras necedades y sandeces (‘mmds’ que les dicen). Ni modo.

Luego de mi escisión de la fe, es decir, desde que me volví un descreído, apóstata, herético que arderá en el infierno (ya conozco Reynosa, gracias), me volví un acérrimo crítico del pensamiento mágico que involucran las religiones, todas sin excepción.

Claro que podría vivir en silencio con mis convicciones, pero… ¿Y perderme todos esos disgustos que hago pasar a la gente que cree que un improbable ser eterno y omnipotente, creador de todo, se ofende por lo que piense o diga una minúscula partícula de carbón como yo? ¡Ni loco!

No obstante y aunque así lo pareciera, esa no es mi principal motivación. Pasa que estimo un deber el dejar constancia cada vez que encuentro inconsistencias en el Plan Divino, no tanto por ver a los beatos escupir espumarajos (eso es lujo adicional), sino porque considero muy nocivo que una sociedad se conforme por individuos atrapados en la disonancia que produce el contraste entre el mundo real (verificable y tangible) y el plano místico, mágico, etéreo, sublime en el que se supone coexistimos.

Y ese debatirnos entre lo que es -objetivamente- y lo que podría ser -según un montón de relatos fantásticos- nos ha conducido a cometer las peores aberraciones en el contador de las atrocidades humanas. 

¿Vale la pena, pues, cuestionar, retar y ridiculizar a la religión, aun a expensas de perder algunas amistades y de que difícilmente haremos que alguien renuncie a su adoctrinamiento? ¡Sí, la construcción de una sociedad emancipada no deja de ser un deber de todos, por ínfima que pueda ser la contribución de un individuo!

En fechas recientes, es probable que usted también se haya tenido que poner impertinente con familiares y amigos que no creían en el riesgo mortal que entraña la pandemia de COVID y, en días pasados, con aquellos que objetan la vacunación porque ‘en su experiencia’ no les parece que cumpla con sus altos estándares de control (¡no mmn, científicos!).

Entonces y ahora, tal vez tuvo que decirles: “Te quiero y te respeto, pero estás bien menso y considero que es mejor que guardemos sana distancia. ¿No has considerado el irte a vivir a Australia?”.

Y lo más seguro es que no haya convencido a nadie porque, en primer lugar, nadie le preguntó qué pensaba. Incluso, lejos de gratitud es probable hasta que le retiren la palabra. Pero usted lo hizo porque era un deber, un llamado de la conciencia y porque alguien tenía que decirle al interfecto cuántas son cinco y de qué lado masca la iguana (del lado izquierdo, siempre).

Pues hoy nuevamente el deber le llama para con sus compatriotas que le compraron al Presidente la noción de que la consulta del domingo: 1.- Influiría en la intención de llevar a los ex presidentes ante la justicia. 2.- Destrabaría algunos impedimentos legales/constitucionales para este propósito (no existen). 3.- Reflejaba la voluntad del Presidente para castigar la corrupción. 4.- Tendría un valor vinculante de cualquier índole sobre algo que no estuviese ya contemplado en la Ley. Y 5.- Que es un ejercicio democrático que por primera vez recoge el sentir del pueblo (como si AMLO tomara en cuenta otra opinión además de la propia).

Si entre sus familiares, amigos y conocidos, hay alguien que piense que la tal consulta cumplió con cualquiera de los propósitos enunciados (uno siquiera), es su deber y obligación sacarlo del error: decirle que la realidad objetiva está reñida con el pensamiento mágico y que la legalidad y la Constitución no se rigen por consultas de la voluntad popular, sino que responden ante los hechos demostrables.

Aunque no le vuelva a hablar en su vida, esa persona crédula necesita que le haga entrar en razón, así sea con una buena rociada de cachetadas guajoloteras. 

Le responderán seguramente que nadie le pidió su opinión sobre este asunto en particular, pero esté usted tranquilo, pues no está respondiendo a una petición sino a un genuino llamado del deber.