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Coordinarse es sólo el primer paso para mejorar
Luego de una primera jornada en la cual el signo distintivo fue la tensión y el cruce inmoderado de señalamientos entre autoridades de los tres órdenes de Gobierno, ayer volvió la calma al proceso de vacunación contra el COVID-19 en Saltillo.
El Subcomité Técnico Regional COVID-19 Sureste informó ayer que el ayuntamiento de Saltillo se hizo cargo de la logística externa de los centros de vacunación instalados en la ciudad mediante la colocación de toldos, sillas, puntos de hidratación, sanitarios móviles, dispensadores de gel antibacterial y lavamanos portátiles.
Con ello se dignificaron las condiciones en las cuales los adultos mayores, que acuden a dichos puntos para ser inmunizados, esperan a que les toque su turno de recibir la vacuna. Al retomarse la coordinación la jornada transcurrió en calma y sin contratiempos.
Debe saludarse, sin duda, el que quienes representan al Gobierno de la República, así como al de la ciudad, hayan sido capaces de superar rápidamente la rispidez de la primera jornada y comprendido que su obligación es sumar esfuerzos.
Sin embargo, también es necesario decir que la ausencia de tensión es apenas el primer paso para mejorar el proceso de vacunación que sigue mostrando amplísimas áreas de oportunidad.
Y aquí, aunque haya a quien le disgusten las comparaciones, estas resultan indispensables. Porque a unos cuantos kilómetros de Saltillo –y sin necesidad de cruzar la frontera con los Estados Unidos–, en el municipio de San Pedro Garza García, Nuevo León, autoridades federales, estatales y municipales fueron capaces de colaborar para montar un dispositivo de vacunación que, a fuerza de ser honestos, provoca envidia.
¿Por qué en Nuevo León, donde los gobiernos de los tres órdenes tienen orígenes partidistas distintos, sí hubo capacidad para sentarse a la mesa y discutir responsablemente la forma en la cual podían colaborar y sumar esfuerzos para beneficio de la ciudadanía?
En San Pedro también son mexicanos; también están en medio de un proceso electoral en el que los partidos y sus abanderados buscan imponerse a los demás y su población también tiene, como todo mundo, la aspiración de ser vacunada cuanto antes.
¿En qué radica la diferencia entonces? ¿Por qué aquí no pudimos –y aún no podemos– convertirnos en un ejemplo nacional e internacional de orden, eficacia y calidad? A juzgar por los elementos a la vista, la diferencia lo hace el talento y la madurez –inmadurez sería un mejor término–de quienes tienen a su cargo las responsabilidades públicas a nivel local y federal.
Cabría esperar que de uno y otro lado se haya aprendido una lección y que esta se traduzca en un estímulo para nuestras autoridades, en lugar de exhibir sus defectos, se dediquen a diseñar e implementar mejores estrategias que garanticen un proceso de vacunación que nos deje satisfechos. Por lo pronto, el resultado es aún deficitario.