Casamiento a edad madura...

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Casamiento a edad madura...

Contaré hoy la historia de don Nabor, señor de rancho. Viudo desde hacía años, llevaba con mucho honor su viudedad. Jamás dio que decir al vecindario. Aunque tenía hijas y nueras, él solo se asistía. A nadie jamás daba molestias: él se hacía de comer; él se lavaba y se planchaba la ropa; él se la remendaba...

Todo mundo pensaba que en ese estado, el de viudez, llegaría don Nabor al fin de su existencia. Pero los designios de Dios son inescrutables. Y los de la vida y el amor son más inescrutables todavía, dicho sea con el mayor respeto a la inescrutabilidad divina.

Hubo un día fiesta en el rancho, y llegó con Chon, el de la troca, una muchacha de buen ver. Don Nabor, que todavía estaba en edad de ver, la vio, y le gustó, pues también se hallaba todavía en edad de que le gustaran ciertas cosas, a veces tan inciertas.

Discretamente le ofreció un refresco a la muchacha, vale decir un vaso de agua endulzada con un terrón de azúcar. Ella recibió el obsequio, gesto que en el rancho es interpretado como de aceptación. Ahí un simple: “No, gracias”, basta para matar una esperanza, y un: “-Gracias, sí”, es suficiente para encenderlas todas.

Don Nabor le preguntó si tenía compromiso, y la muchacha dijo que no. Enseguida ella le preguntó a don Nabor si tenía compromiso, y él dio la misma respuesta: No. Entonces don Nabor le pidió permiso de visitarla en Saltillo, y ella dijo que sí.

En la segunda visita que le hizo don Nabor le propuso matrimonio. Ella aceptó. Los hijos de don Nabor, y más las hijas, pusieron el grito en el cielo. Hablaron del recuerdo de la madre muerta, pero pensaban en el futuro de la herencia viva.

Don Nabor no hizo caso. Los hijos se pusieron a preguntar allá en Saltillo, y descubrieron que la muchacha había tenido dimes y diretes con Pedro, Juan y varios. Se lo dijeron a su padre con frase muy dramática, sacada de una radionovela de la XEFB:

-Esa mujer tiene un pasado.

Les respondió don Nabor con otro refrán:

-No mires para atrás, y contento vivirás.

Se casaron y vivieron felices.

Este podría ser el fin del cuento, que no es cuento, sino veraz historia. Pero no fue el final: fue apenas el principio. Veinte años de plácida vida conyugal disfrutó don Nabor al lado de su segunda esposa. Aquí no se cumplió el refrán que dice: “Casamiento a edad madura, cornamenta o sepultura”. Cornamenta no hubo, y la sepultura llegó cuando debía llegar. A los 86 años de edad pagó don Nabor el obligado censo a la Naturaleza. Quiero decir que se murió. Fue como una vela que ardió sin sobresaltos hasta consumirse.

Al día siguiente del entierro su mujer tomó el autobús y se fue a Saltillo con lo puesto. Los hijos y las hijas de don Nabor se juntaron a la orilla del camino para verla irse, pues no podían creer que se marchaba así nomás y les dejaba todo: la huerta, la labor, el jacal, los animales, todo. Al pasar el autobús por donde estaban los hijos, hijas, nueras y yernos de su difunto esposo, ella sacó la mano por la ventanilla y les hizo con el dedo de en medio una seña pelada que ya no había hecho desde que se casó.