Carmela Webber. Segunda parte
Usted está aquí
Carmela Webber. Segunda parte
Carmela (nunca le gustó que le llamaran “Carmelita”) vivió para la danza. Inició muy pequeña en el baile español y la danza mexicana en San Pedro de las Colonias, y cuando regresó a estudiar como interna al Colegio Mexicano en su ciudad natal: Monterrey, continuó bailando en el Teatro Florida y el Casino. Al llegar a Saltillo, en los años 30, Carmela era constantemente invitada a bailar en los principales festivales artísticos de la ciudad; en una ocasión, junto a un joven interpretó el Danubio Azul, de manera tan magistral que fueron conocidos como “la pareja del vals” era Raúl Webber, quien un año más tarde se convertiría en su esposo, presentándose juntos en escenarios de Coahuila, Nuevo León y Chihuahua, bailando vals, tango, blues y tap. Tras la muerte de Raúl, apenas tres años después, Carmela dejó de bailar un tiempo, pero ante la insistencia de la señora Amadita Fuentes, en Febrero de 1940 comenzó a enseñar danza a unas cuantas niñas. Consciente de que su formación como bailarina de flamenco era insuficiente para dar clase, era necesario prepararse como maestra, así que constantemente viajaba a la Ciudad de México para aprender la metodología, directamente con Madame Nelsy Dambré, que había llegado de la Ópera de París, y fue en sus clases donde conocería también a Segio Unger, Guillermo Keys y su gran amigo: Felipe Segura.
Desde entonces y por más de 60 años, Carmela fue la maestra de todas aquellas niñas saltillenses que desearan aprender a bailar flamenco o ballet.
Transformó la sala de su casa no sólo en su academia, sino en hogar para sus hijas de la danza que en temporadas de montajes y ensayos, pasábamos ahí todo el día, comíamos en su mesa, con su familia; buscábamos vestuarios en la habitación misteriosa que guardaba toda clase de curiosidades; entrábamos a su recámara para ver los videos con los que repondríamos los más importantes ballets para sus majestuosas funciones, mientras nos preparábamos para la llegada del coreógrafo y los bailarines que nos acompañarían, desde la Compañía Nacional de Danza, a la que a través de Felipe, tuvo siempre puerta abierta para llevar a sus alumnas a tomar clase durante el verano.
Maestros y bailarines como Guillermo Maldonado, Carlos Delgadillo, Jorge Cano, Frank Fisher y Jaime Vargas de la Compañía más importante del país, así como Fernando Valdéz de Torreón y Adrián Puig, de Cuba; apoyaban a Carmela en sus montajes, distinguidos siempre por su excelencia. Carmela tenía el arrojo y la capacidad de gestionar con quien fuera necesario para alcanzar a presentar en sus festivales producciones completas, reponiendo obras del repertorio tradicional como La bella durmiente, Coppelia, El lago de los cisnes, Giselle, Grand Pas de Quatre, Les Sylphides, La Bayadere, Masquerade, Carmen, así como suites y galas de Ballet como Don Quixote, El Corsario, Sylvia, entre otros; presentados por sus alumnas de mayor nivel, acompañadas por bailarines profesionales; mientras que las más pequeñas, durante la primera parte, ejecutaban piezas creadas por ella misma en festivales temáticos, como “Fiesta en la cocina”, o en el bosque, o en el fondo del mar, en la que tomates, moscas, pasteles y helados o bien pollitos, conejos, arcoiris y perlitas, desfilaban por el escenario del Teatro de la Ciudad, que se vestía de gala cada dos años, y con la presentación de Carlos Fuentes Aguirre que daba la “tercera llamada” iniciaban las casi tres horas de festival. Y al final, junto a los bailarines invitados, y los varones que había reclutado entre familiares y amigos, todas sus alumnas nos uníamos al aplauso del público para recibir en el escenario a esa figura menudita en vestido de gala, que con su manos delgadas sostenía las flores y el micrófono y con voz firme agradecía al público saltillense. El telón se cerraba, y dejaba en nuestra memoria su imagen y en nuestro corazón el agradecimiento por quien se convirtió en nuestra madre de la danza: Carmela Webber, pionera del Ballet en Saltillo.