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Café Montaigne 202
Angelina colecciona zapatos. Nada más femenino, nada más chic y glamoroso. Angelina –apenas 30 años, con la belleza y juventud en plenitud de vida– colecciona zapatos. Los quiere todos para sus afilados pies. Zuecos, con tacón interminable; sandalias, zapato-tenis; le gustan también las botas de gamuza, de ante, de pieles exóticas; le gustan los nude shoes, los “crocs”; habla y se apasiona con los Steve Madden de tacón de aguja. Zapatos de plataforma; botas de caña alta, de charol… Angelina colecciona zapatos. De preferencia y si le preguntas, los necesita todos.
Cuando Angelina calza zapatos de tacón (¿10-12 centímetros?) de imposible verticalidad, camina como hada, apenas toca el suelo y sus caderas, al andar, pueden provocar un terremoto en zona no sísmica como un restaurante, un bistro atestado o el bar de fin de semana donde los parroquianos voltean a verla sin disimulo ni recato alguno. Tiene caderas de infarto. Paradas. Redondas, erguidas. Justas para el placer.
Mi amiga Angelina sonríe cuando le pregunto si quiere ser Cenicienta y este escritor su príncipe con zapato de cristal en mano, para calzarlo a su pie con uñas pintadas de un rojo de brillo atonal. Fetichista soy. Le digo un cuento al oído: soy el dependiente de una zapatería de tres pisos; apretujados, filas interminables de pares de zapatos femeninos atiborran las estanterías transparentes donde estos pueden verse, olerse y palparse desde cualquier posición de la tienda. Angelina sonríe y curiosa, pregunta: “Mmmh, qué padre, oye Jesús, ¿también hay zapatos Sacha London?”.
“Sí”, atajo, mientras su risotada toda derrumba. Angelina sabe de zapatos. Mirad, lectores estos Sacha London: son zapatillas tejidas a mano, armados con un cuidado exquisito y con la meticulosidad y precisión de cirujano. Angelina me cuenta de un par: son un peep toe con tejido de lunares, forrados en piel y con piso de cuero. Tienen dos lazos en su solapa, con un moderado tacón de ocho centímetros. ¿Su precio? 280 euros. Le digo de los Sacha London, en mi zapatería –ojo, mí zapatería– habrá no menos de 69 pares diferentes esperándola… le arranco una nueva risa y Angelina ríe, ríe por las ocurrencias de este aprendiz de hechicero.
Diserta la escritora Linda O’Keeffe sobre los zapatos de tacón: estos permiten marcar el paso en lugar de seguirlo. Le creo. Es entonces cuando una mujer –digamos, normal y urbana– se transforma en una vampiresa con el poder de seducir a cualquier hombre, el cual ose atravesarse en su camino. Con tacones de aguja, la columna y las piernas se alargan, el pecho se yergue y los tobillos muestran las líneas del deseo hasta los muslos redondos, rotundos… Angelina va al tocador y al caminar, no puedo dejar de ver su figura voluptuosa, el contoneo sexy de sus caderas al andar y sí, imposible no observar y contener la respiración al escuchar el fino sonido de sus tacones cuando enfila sus pasos y levita entre las atestadas mesas del restaurante donde hombres y mujeres por igual la siguen.
ESQUINA-BAJAN
Angelina regresa y le cuento de Catalina de Medicis, quien en la corte francesa de aquellas épocas, solía sumergir sus pies en hielo para adormecerlos y así y apenas, poder entrar en sus ajustadísimas hormas de zapatos y sandalias. Al hacerlo, el cielo podía esperar. La bella Angelina ríe y bebe de su copa de vino rosado –como su piel–, la cual moja sus labios, quedando una gota suspendida en ellos. Impúdica y sensual, la toma con su dedo índice antes de caer al vacío y coqueta, pregunta: “¿La quieres Jesús…?”. Palidezco. Todo, en medio del restaurante donde parroquianos de uno y otro lado nos observan, bueno, la observan, mientras Angelina se acomoda por décima vez su ajustado y mínimo vestido el cual se “arruga”, se “sube” más allá de sus muslos redondos, lechosos, rosados…
Bajo el mantel del elegante restaurante, siento un ligero temblor, “algo” busca levantar la bastilla de mi pantalón y luego se desliza hasta llegar a mi tobillo. Es la punta del zapato de Angelina, la cual empieza a darme un suave masaje de arriba abajo en un ritmo mortal, sordo, desesperante. ¿Todo mundo se ha dado cuenta? Espero no. El mantel nos protege de las miradas de los vecinos. Angelina me ve a los ojos y pregunta mientras moja sus labios con su lengua. “¿Te gusta, quieres que siga Jesús…?”.
Príncipe excéntrico, le cuento a Gloria Angelina de un escritor, León Tolstói, quien decide en el otoño de su vida abandonar la literatura todas sus posesiones y potestades y dedicarse al campo y a los campesinos; una especie de vuelta al origen, una vuelta al entorno natural olvidado y perdido. El viejo Conde renuncia a sus propiedades, mansiones y riquezas y decide vivir sólo de un trabajo manual. Le pregunto a Angelina, ¿sabes cuál oficio eligió el maestro León Tolstói? Hacer zapatos. En el extremo de quien tal vez se sabía perdido, en sus “Diarios”, el ruso anotaría una iluminación: un par de botas bien hechos, “son más útiles que Anna Karenina”. Lo dudamos aunque lo haya dejado escrito en letra redonda.
“Oye, Jesús, (me pregunta Angelina con voz melosa mientras brindamos con un Chianti Ruffino de media tabla), y en tu cuento cuando estabas de dependiente, o sea, mi gato, y me ayudabas a calzar varios pares de zapatos porque no me decidía por alguno, tu estabas arrodillado ajustándome los tacones, ¿pero yo traía vestido corto o pantalón?” Tú siempre traes vestido corto, niña. A lo cual Angelina espetó “imagino te asomaste adentro de mis muslos, ¿traía bragas Jesús, o las había olvidado… como hoy?”.
LETRAS MINÚSCULAS
Angelina colecciona zapatos. De preferencia y si le preguntas, los necesita todos…