Café Montaigne 201

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Café Montaigne 201

Mi amigo, el ilustre hidalgo saltillense, don Javier Salinas, me comentó largo y tendido el pasado texto de esta tertulia sabatina de “Café Montaigne”. Él, como muchos otros lectores, tiene la idea (buena idea por cierto) de que esta columna titulada “Contraesquina”, mute y cambie de plano a la literatura como apuesta cotidiana de tiempo completo; es decir, titularla “Café Montaigne”. Y dentro de esta charla, estas charlas de café, no pocos lectores piden que vuelva su servidor a explorar a ese inasible Dios. A eso que llamamos Dios.

Lectores piden que vuelva ese subtítulo “Hablemos de Dios”, con el cual no poco tiempo (recuerdo que fue un año completo o un poco más) traté de hablar de Dios y todo lo que lo rodea. Claro, bajo mi óptica y figuras literarias, sociológicas, religiosas, históricas y artísticas. Agradezco entonces mucho, sus comentarios y apostillas a estos textos. Le comentaba que el hombre que más sabe sobre música antigua en Coahuila, el trotamundos de Javier Salinas, me comentó del texto aquí pergeñado donde abordé la figura del austriaco Thomas Bernhard. El tipo era frío y cerebral como casi el 99% de los austriacos o de los nacidos en esa parte del mundo. El maestro Salinas añade que cuando él fue a visitar a una de sus hijas la cual vivía y estudiaba allá, salió a varias tabernas y lugares concurridos, sólo para encontrarse con personas y lugares fríos y secos.

Gente reservada, envueltos en sí mismos. Calculadores y cerebrales. Nada qué ver, me dijo entre risas, con el “mexicanos pedote y cantador”. Le creo al hidalgo saltillense quien para su fortuna, visitó en su momento casi todo el mundo, antes de la llegada del maldito bacilo chino. Las siguientes son algunas notas sueltas, párrafos, acotaciones, que tengo sobre la obra del austriaco que despreciaba no sólo a los de su país, sino en general, a todo el mundo. 

El escritor argentino Ricardo Piglia (hace poco fallecido) hablando a propósito de otra “rara avis” de la literatura, Juan José Saer, escribe: “…decir que Juan José Saer es el mejor escritor argentino actual es una manera de desmerecer su obra. Sería preciso decir, para ser exactos, que Saer es uno de los mejores escritores actuales en cualquier lengua y que su obra –como la de Thomas Bernhard o la de Samuel Beckett– está situada del otro lado de las fronteras, en esa tierra de nadie (sin propiedad y sin patria) que es el lugar mismo de la literatura.”

Thomas Bernhard murió a los 58 años de edad. Es decir, en ese rango que se caracteriza por la madurez, la amplitud de miras y una sosegada creación artística. Inconforme, iconoclasta, retador, escritor pesimista sobre el género humano en general y un crítico feroz y despiadado sobre la vida social, política y cultural de su tiempo, Thomas Bernhard (1931-1989), en uno de los tres libros que de él tengo, “Mis Premios”, lleva a niveles de delirio su posición combativa y su ácido humor corrosivo que le valieron el elogio, pero más los vituperios.

ESQUINA-BAJAN

Con su país, Austria, el dramaturgo y narrador mantuvo siempre una relación de amor-odio que terminó por devastarlo. Al fallecer, en febrero de 1989 y al abrir su testamento, Thomas Bernhard dejó expresa una voluntad que sigue pesando como fardo en su país: prohibió durante la vigencia de sus derechos de autor (70 años) que en Austria se represente, se publique o se imprima ninguna de sus obras. Uf.

Y por si lo anterior fuese poco y a petición expresa del mismo escritor y sólo días antes de morir, en su tumba, en Viena, no hay inscripción alguna en su lápida. Es decir, es una tumba sin nombre. Bernhard estaría escupiendo ácido en esta vida despersonalizada de Internet y de nulo valor civil para el combate.

La vida y obra de Bernhard, refleja al ser humano completo, resume ese estado de abandono, de catastrofismo bien medido y pensado; ese estado perpetuo de pesimismo sobre el género humano. También, asoma ese sentimiento autodestructivo, lacónico y melancólico, el cual rodea y es común desgraciadamente en los creadores. Su obsesión por la muerte campea en toda su obra. Es un jinete apocalíptico, puntual y letal.

En el volumen “Mis Premios”, editado para el sello de Alianza Editorial, cuando el desencantado escritor asiste a la ceremonia de premiación del “Premio Büchner” y al compartir éste el pan y la sal en una hostería para celebrar el galardón, otro escritor merecedor del premio pero en la categoría de prosa científica, le espeta a Thomas Bernhard: “… por qué los escritores lo ven todo siempre con tanto desagrado.” Es el propio escritor quien lo resume afiebradamente en el libro, justo en sus palabras cuando recibe el “Premio Nacional Austriaco.” El autor de “Helada”, escribe, “No tenemos que avergonzarnos, pero no somos ni merecemos más que el caos.”

Merecemos el “caos”, afirma Bernhard. Para éste, el Estado es una creación “constantemente condenada al fracaso.” ¿El pueblo?, “una creación ininterrumpidamente condenada a la infamia y la debilidad mental.” Con el austriaco nunca hubo ocasión de medias tintas o paños tibios. Su posición fue vertical hasta el día de su muerte y aún, después de ella. Su relación amor-odio con Austria, lo orilló a prohibir durante la vigencia de sus derechos de autor después de muerto, toda edición, representación o publicación de su obra.  

LETRAS MINÚSCULAS

En su momento dimitió públicamente a la pomposa Academia de Lengua y Poesía, a la cual tildó de tener el “nombre más absurdo del mundo.” Le creemos al esteta el cual no dejó títere con cabeza…