Café Montaigne 200

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Café Montaigne 200

Alguna vez en tiempo pasado escribí sobre un escritor único, inimitable. En ese momento, lectores me pidieron abonar nuevas letras. Hoy acometo la tarea. Lectores me pidieron nuevos textos sobre Thomas Bernhard (1931-1989). Aquí van otras letras y texto sobre este mito literario. Acometo entonces la tarea el día de hoy. Ha llamado sobremanera la atención la manera de vivir y de apostar su vida de este escritor austriaco. Era un hombre, no un payaso como los cientos de “escritores” y “poetas” los cuales se educan con tutoriales en Youtube y en Internet. Buscan becas, no la gran obra. No leen, escuchan y ven Internet, son los youtubers o como demonios se llamen, los cuales “recomiendan” libros en “tiempo real” y en Red (anote usted el significado a su gusto de esta estupidez así llamada). Eran otros tiempos y había escritores los cuales dejaban la vida en la libreta de hojas de papel en blanco y como tinta, su sangre, literalmente.

Fue el caso de este escritor el cual fue llamado o definido de varias formas, con sustantivos y adjetivos. Él mismo se auto llamaba “El gran denigrador”, George Steiner llamó a la obra del austriaco, “música demente”. Una poeta, Ingeborg Bachmann, en su momento, intuyó una cosa la cual sus contemporáneos no apreciaban del todo, en Bernhard habitaba “lo nuevo”. Otros le bautizaron como el “artista de la exageración”. Todo válido, sin duda. La leyenda de su persona fue abonando letras, mentiras y claroscuros a su obra. Y como todo en literatura con el gran artista, parte es verdad, parte es mentira. Ficción y realidad se funden y confunden para ofrecernos un plato nuevo, el plato fuerte de la verdadera obra de arte. Thomas Bernhard es autor de 20 novelas y libros de relatos, a la par de tres volúmenes de obras de teatro. No todo está traducido al español. Al parecer, sólo está lo más significativo de su literatura, no así sus obras de teatro. Pero, no obstante de su traducción al español, es muy difícil adquirir sus libros en México. Agotados o descatalogados, sólo se consigue su novela “Trastorno” y otros textos. No he podido conseguir, salvo trozos, sus textos considerados “autobiográficos”, cinco volúmenes los cuales y en español, se editaron ya juntos.

Cínico, desvergonzado, ejerció la sátira con su pluma flamígera, artista de la cólera, el ácido fue su tinta, la soledad su compañera. Bajo su pluma se lee: “Yo estaba contento de sobrevivir. No podía pensar en fundar una familia. Nunca fui saludable. Si fue malo o bueno no lo puedo decir. Fue una forma de vida y la vida conoce millares de distintas formas de existencia… El aplauso no lo puedo soportar. Es el pago de un actor, ellos viven de eso. Yo me quedo con los pagos de la editorial. Pero la música de marcha y las gentes aplaudiendo en el teatro o en el concierto son para mí insostenibles”. Caray, a otro público con semejantes ideas. No soportaba la amistad con escritores. Tal vez con nadie. Nunca tuvo teléfono en su casa. Tuvo una amiga, compañera de vida y ruta con la cual duró su relación 35 años.

ESQUINA-BAJAN

Cuando ella murió, sólo se quedó él y su alma. Así lo contó en uno de sus textos: “Nunca fui feliz, pero siempre buscaba protegerme. Con mi amiga encontraba esa protección. Ella me motivaba para trabajar. Ella era feliz al ver que yo escribía y producía. Hicimos viajes. Yo le llevaba sus maletas pesadas…” ¿Lo nota estimado lector y contertulio? Thomas Bernhard, como muchos otros escritores y creadores, buscan su estado ideal y perfecto para crear, en este caso, la placidez del anonimato y la mano de una compañera femenina la cual, inteligente y sabedora del hombre el cual está a su lado, lo deja escribir en su tiempo y en su momento. Ausentes reclamos de pareja, ausentes las pasiones juveniles de eso llamado en occidente “amor”.

¿El amor no existe, es un invento de los trovadores y cantores provenzales? ¿Cómo le llamaría a esto, a lo siguiente señor lector? El austriaco escribió las siguientes letras para su compañera: “Sentía el pulso lento de su mano. Luego más lento, más lento. Todo termina. Todavía tengo su mano en la mía. Llega la enfermera y me dice vuelva más tarde. Me confrontaron inmediatamente con la vida. En silencio me levanté, recogí las cosas. Mientras, vuelve la enfermera y cuelga un número en el dedo de su pie. Me dice: ‘llévese también su yogurt’. Afuera, los graznidos de los cuervos…”. Caray, esto es amor y alta, alta literatura ante un fenómeno del cual todos vamos a participar un día: estar con la muerte, sentir la muerte.

Thomas Bernhard nunca cedió un ápice. Fue monolítico. Destruyó en su momento eso llamado “el alma austriaca”. Los criticó hasta la saciedad. Pero esta fue su victoria. Vimos en texto pretérito cómo sus letras flamígeras alcanzaron a sus propios padres, de los cuales y apenas, mereció mínimas atenciones. De su madre. A su padre ni le conoció. Pero, me voy enterando de un grueso libro de epístolas, la correspondencia con su editor Siegfried Unseld. Son poco más de 500 cartas publicadas en España en el año 2012, texto el cual, es imposible conseguir. Sólo fragmentos. Pero hay un par de líneas las cuales vuelven a retratar de cuerpo entero al austriaco y su carácter de granito. Su editor ya por ese entonces, por más de un cuarto de siglo, Unseld, le confiesa en una carta: “No puedo más…”. A lo cual y de hecho, ya en su lecho de muerte, azotado por la enfermedad degenerativa la cual lo martirizaba desde hacía cuatro décadas, Thomas Bernhard, dueño de su vida, de su temperamento y de su pluma, le contesta en la siguiente misiva…

LETRAS MINÚSCULAS

“Pues bórreme de su memoria y de su editorial…”. Eran escritores, eran hombres, no payasos.