Bisonte y circo 2
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Bisonte y circo 2
El desfile del circo Solary traía un búfalo entre las figuras de animales que pasea por las calles de Saltillo, quizá sin saber que en este municipio existe una manada de verdaderos búfalos en un lugar de la sierra. El búfalo o cíbolo, fue protagonista de la leyenda que en el siglo XVI motivó costosas expediciones en busca de las míticas Siete Ciudades de Cíbola o la Gran Quivira.
Los españoles encontraron una gran cantidad de bisontes o cíbolos en las praderas del norte, entre las Montañas Rocosas y los montes Apalaches, y llamaron a esa gran extensión “Llanos de Cíbola”. En la época colonial se decía que en algún lugar del norte de la Nueva España, en lo que hoy es el norte de México y el suroeste de Estados Unidos existía una ciudad que según la leyenda estaba hecha de oro puro. Esto hacía referencia al mito español de las siete ciudades de oro. Cuando los moros tomaron Mérida, sus siete obispos huyeron para resguardar sus reliquias religiosas, y poco después se supo que fundaron siete ciudades en una región lejana. La leyenda seguía viva en el tiempo de la Conquista y cobró fuerza por las declaraciones de los náufragos sobrevivientes de la expedición de Pánfilo de Narváez a La Florida, quienes dijeron haber oído de los nativos historias de ciudades con grandes riquezas. El virrey Mendoza envió una expedición encabezada por fray Marcos de Niza para encontrar las Siete Ciudades de Cíbola y Quivira. A su regreso a la Ciudad de México, Niza narró que había avistado a lo lejos una ciudad más grande que Tenochtitlán en donde los nativos comían en vajillas de plata y oro y decoraban sus casas y ellos mismos se adornaban con turquesas, esmeraldas y perlas gigantes. La segunda expedición a Cíbola la encabezó Vázquez de Coronado, quien pudo comprobar la falsedad de las aseveraciones del fraile, pues el mar no se avistaba desde Sonora y Arizona estaba a muchos días de camino.
A finales del siglo XVIII fray Juan Agustín de Morfi había acompañado al comandante general don Teodoro de Croix en un recorrido por las Provincias Internas y llevó un diario de todos los lugares que visitaron.
Respecto a estas tierras y sus aguerridos habitantes escribió: “Abunda el cíbolo, que es el socorro general de los naturales, pues además de su carne que merece el primer lugar entre las sanas y sabrosas, los sesos les sirven para suavizar sus pieles, las astas para cucharas, vasos y adorno de sus monteras y morriones; las paletas para cavar y limpiar la tierra, el nervio para hilo y cuerdas de sus arcos; la pezuña para hacer cola con qué pegar sus flechas, las cerdas para sogas y cinchos, la lana para ligas, ceñidores y otros adornos, y en fin, las pieles para montura, reatas, escudos, tiendas, camisas, botas, zapatos y mantas preservativas del frío y de la lluvia”. Los sioux y los nómadas del norte veneraban y respetaban al bisonte, y su cacería era todo un rito. Cuando desaparecieron las tribus, llegaron feroces cazadores a matar bisontes, puesto que podían comercializarlo completo, hasta sus huesos, que triturados, los vendían como fertilizante. Esto llevó prácticamente a la extinción del bisonte o cíbolo.
Pero aquí existe todavía una manada. A unos 35 kilómetros de Saltillo, el Jagüey de Ferniza tiene su propia reserva de búfalos libres desde hace unos 40 años. Ahí se reproducen y en cierta forma conviven con la gente en la zona de cabañas. Esta especie de búfalo o toro americano es un poco diferente del africano o del asiático, y seguramente son los descendientes de aquellos bisontes o cíbolos que alguna vez poblaron las inmensas llanuras y pastizales del norte de México y el sur de Estados Unidos, y le dieron nombre a la leyenda de Cíbola, la ciudad de oro que buscaron inútilmente los conquistadores.