Arreola: la fe y la blasfemia

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Arreola: la fe y la blasfemia

Juan José Arreola insistió en el influjo que sobre él ejercieron el italiano Giovanni Papini y el francés Marcel Schwob, entre otros. Como el propio Arreola, Papini fue, en alguna medida, un autodidacta; el segundo, a pesar de la brevedad de su vida, llegó a licenciarse en Letras.

Gracias a la curiosidad los leí a los dos desde la primera juventud. Schwob me deslumbró con “La Cruzada de los Niños”, pero sin acabar de entender la extraña composición de sus ficciones y su fe medieval; el italiano me dejó muy abatido con “Un Hombre Acabado”. Debo suponer que la lectura de estos autores debió ser postergada unos cuantos años.

A veces el conocimiento de ciertos libros puede dañar el resto de nuestra vida. Otras veces sucede lo contrario: ciertos libros iluminan permanentemente nuestro deambular por el mundo. Creo que éstos fueron leídos prematuramente, al menos en mi caso.

Ignoro la edad en que Arreola se acercó a “Gog”, “El Diablo”, “El Juicio Final” y otras obras de Papini, o a los estilizados y anfibios textos de Schwob, entonces inclasificables, según algunos críticos. Lo cierto es que su lectura resultó beneficiosa para él.

De uno recogió, paradójicamente, la preocupación teológica -¿o teísta?- que aparecerá intermitentemente a lo largo de su obra; del otro asumirá el evanescente aire de misterio, las vidas imaginarias, la ironía y la puntualidad sintáctica.

De su propia experiencia, de su vida vivida en Zapotlán -Jalisco- y en otros lugares, de su histriónica observación y, como diría Sor Juana, de su personal “imaginativa” extrajo lo demás, que es bastante.

Ahora, releyéndolo, con el pretexto del centenario de su natalicio, ocurrido el 21 de septiembre de 1918, me veo otra vez ante el espléndido estilista del idioma que fue Arreola. También frente a esos dos autores que, insisto, quizá leí antes de tiempo.

-Me acuso Padre de que también leí los versos del Ánima de Sayula…"
J. J. A.

Y empecé con “La Feria” (1963), su única novela. Dado su carácter deliberadamente fragmentario, la lectura de una obra como ésta conmina al lector a la recomposición de un rompecabezas del que emergen, lentamente, el pueblo natal del autor, algunos personajes, ciertas relaciones que desembocan en el desengaño, la perenne lucha por la repartición justa de tierras y, entre muchos otros fantasmas, la Iglesia y sus feligreses de arriba, del medio y de abajo.

Entre esta lectura, el recuerdo de muchas lecturas: de “La Feria” misma en días ya remotos, de Rulfo, Borges, Baudelaire, Rimbaud y, por supuesto, Schwob y Papini. El azaroso encuentro con ellos. La perplejidad y la angustia. El asombro y la congoja.

Una banca en un parque, la inquietante lectura de “Un Hombre Acabado” y de esas líneas que entonces me cimbraron como una aguda premonición. La impotencia o, mejor dicho, el miedo de seguir leyendo. Aquella tarde el libro de Papini fue cerrado para siempre y su lectura, interrumpida de manera abrupta y definitiva.

Desde entonces no he vuelto a abrir otro volumen del escritor italiano que quiso escribir obras maestras y terminó como un admirador de Mussolini. Parcialmente lo hago ahora, pero gracias a la pantalla electrónica: “El Diablo” está aquí y sólo con oprimir un iconito puedo leer: “En el mundo de las grandes religiones hay un Ser aparte, que no es bestia, ni hombre, ni, mucho menos, Dios. Sin embargo, ese Ser se sirve de las bestias, esclaviza a los hombres y se atreve a medirse con el mismo Dios. Según el dogma cristiano, es un ángel que manda una legión de ángeles; pero es un ángel caído, desfigurado, maldito…”.

Para mis fines considero preciso decir que Dios -es decir, el Ser que así llamamos- está presente en “La Feria”, en “Confabulario (1952) e incluso en “Inventario”, la colección de colaboraciones periodísticas que Arreola recogió en un volumen y que publicó la editorial Grijalbo en 1976. ¿El autor de “Varia invención” era un creyente? Conjeturo que sí.

El Dios judeocristiano está en “La Feria” de manera ladina y alburera ingenuidad; de un modo muy distinto en algunos cuentos, por ejemplo, en el titulado “Pablo”, y especialmente, en “El Silencio de Dios”, donde la misma Divinidad responde a una carta enviada por un mortal: “Por lo demás, mi carta va escrita con palabras.  Material evidentemente humano, mi intervención no deja en ellas rastro; acostumbrado al manejo de cosas más espaciosas, estos pequeños signos, resbaladizos como guijarros, resultan poco adecuados para mí…”, dice la Deidad.

A través de Arreola, la Divinidad sugiere –más bien, ordena-al remitente una interpretación que muchos hemos imaginado: “Quiero que veas al mundo tal cual yo lo contemplo: como un grandioso experimento. Hasta ahora los resultados no son muy claros, y confieso que los hombres han destruido mucho más de lo que yo había presupuesto. Pienso que no sería difícil que acabaran con todo. Y esto, gracias a un poco de libertad mal empleada.”

Más de veinte años después, en una emisión de su columna periodística “Inventario”, el escritor habría preguntado entre paréntesis: “(¿Estoy blasfemando? Sea por Dios)”.