Árboles retorcidos
Usted está aquí
Árboles retorcidos
Entonces vuelvo a contemplar las montañas, el caprichoso contorno de su cuerpo tendido sobre la superficie desértica, la enigmática niebla que difumina sus cumbres, su color, su rugosa textura. “Saco fotos de estos árboles retorcidos porque en el pueblo no me creen que existen”, dice detrás de mí la voz de una mujer.
Reparo una vez más en estos árboles que he visto en tantas ocasiones a lo largo de la vida en todo el norte de México y que algunos de mis amigos pintores han consignado. Ahora hay multitudes: se yerguen quejumbrosamente estirando sus brazos al cielo o encorvándose.
Contagiado por la mujer, hago algunas fotos con mi celular. En el momento de escribir esto, al revisarlas, comprendo por qué cualquiera se siente un artista consumado de la fotografía: un teléfono brinda la ilusión del talento democratizado y colectivo. Pareciera que hoy todos somos artistas rigurosos y geniales.
Pero no me confundo: estas diez fotografías sólo pretenden capturar un instante, un “objeto de reflexión”. Nada más. Lo que me deslumbra es la belleza del paisaje, ésa que trasciende el falso genio del fotógrafo. Ahí están las montañas, que siempre han ejercido sobre mí, una fascinación tan extraña como los despeñaderos y el mar. Ahí están esos árboles cuya existencia es ajena a la barroca exuberancia del sur de México: las yucas.
No estoy tan seguro de que sean yucas y no hay nadie ahora cerca de mí para preguntar si lo son o no. A medias me salva Internet, pero no confío en mi discernimiento; tampoco en mi conocimiento de la botánica. ¿Son lo que en cierta parte de los EU –y antes fue México- llaman “the Joshua tree” (Yucca brevifolia)?
Tan variada como la fauna, la flora ostenta, a pesar de la devastación, una variedad que da vértigo. Llevaría toda una vida el estudio de una u otra. En mi caso, sin embargo, ya no sobra el tiempo: al contrario. Hago lo que puedo y admiro y me duelo de que muy pronto estas montañas, esta vegetación empeñosa, este cielo se verán obstruidos por el progreso del perenne coloniaje.
Cuando era un estudiante de Artes Plásticas, nuestra maestra de dibujo –Saskia Juárez, esposa del poeta Andrés Huerta y discípula de los maestros de la Escuela Mexicana de Pintura- nos repetía: “Miren bien la cantidad de verdes que hay en esa montaña, en ese valle; vean muy bien el número de ocres que pueden encontrar en aquellos cerros…”. Saskia era y sigue siendo una extraordinaria paisajista.
Esta mañana recordé con cariño sus lecciones, su pericia, su forma de infundir entusiasmo por la contemplación, la línea, el color, la forma. Advertí la algarabía de verdes, de ocres, de azules ya distanciados y la variedad de blancos de la niebla que velaba algunas cimas.
Pensé en las tradicionales pinturas china y japonesa… En esos paisajes que representan montañas peregrinas e ingrávidas, como buques fantasmas; montañas que no tocan la tierra, que parecen navegar sobre una espesa bruma, casi oníricas: islas flotantes, islas a la deriva.
Un tanto así, aunque menos altas, menos nudosas, las montañas que vi esta mañana emergían de la superficie terrestre pero sus testas se veían desdibujadas por la niebla que pendía sobre ellas como una amenaza ciega. Abajo, en sus faldas y entre abruptos sumideros, las yucas retorcían sus troncos y sus brazos implorantes o exhaustos.
La luz, de un brillo mate, descubría claroscuros, hondonadas, algún sensual doblez en su cuerpo aparentemente interminable. Pensé en la idea romántica y nacionalista –o regionalista- de dotar a los cerros y a las montañas de un significado que algo tiene que ver con la identidad del pueblo en que se elevan.
Cuánta necesidad de pertenencia urge a los seres humanos. Hacemos de un capricho geológico un símbolo de nuestro ser, de nuestro estar en el mundo. Supongo que es natural: somos finitos: vivimos algunas décadas, nada más. No alcanzamos a creer que la faz de la tierra es cambiante y aleatoria y que depende, como nosotros, del azar.
Desde la Antigüedad, los pámpanos, las valvas, las guirnaldas, el león rampante, el oso, el árbol, la montaña o el volcán son signos distintivos de un pueblo, de una cultura, de una forma de ser. Pero nuestra vida es tan breve que apenas advertimos la evolución de estos “estilos”, por más que permanezcan, alterados, en la cultura contemporánea.
Ver en primer plano estas protuberancias geológicas, estas yucas de actitud grotesca, y más allá, en la lejanía, un “sfumato” leonardesco en el que la bruma deviene abstracción blanquecina, me hace pensar menos en México que en la humanidad entera: su quimérico deambular por el planeta, su miedo, su milenaria congoja, sus esfuerzos sin límite, su ancestral inequidad, su aparente progreso, su supervivencia, su risa siempre pasajera y circunstancial.