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Adiós, poeta… (2)
Todos los poetas son santos, título afortunado el cual tomo de un libro de un aedo, Gustavo Cobo Borda. Creo recordar. No tengo dicho libro a la mano y me fío de mi pálida memoria. Los poetas siempre han sido el pilar fundamental de la humanidad. Básicamente no sirven para nada, pero sin ellos no se entiende ni se soporta el mundo. Ante un mundo siempre mutante y plástico, queda la palabra. La voz, la flor y canto de los poetas.
Hubo un tiempo (siempre) en el cual los poetas eran amados por su pueblo. En México, es larga y generosa la tradición de amar a sus rapsodas. Dos ejemplos clásicos: la décima musa, Sor Juana Inés de la Cruz (oscura y divina como pocas) y claro, el Rey guerrero y poeta, el gran Netzahualcóyotl. Sin duda, para terminar esta tercia de ases: Octavio Paz, el único mexicano galardonado con el Premio Nobel de Literatura.
En todos lados aman y quieren y respetan a sus poetas, menos aquí. De ignorancia y estupidez también pueden morir los pueblos. Aquí estamos en dicha vía y camino. La muerte de un poeta. Murió el maestro, pianista, promotor cultural, pero sobre todo, murió el poeta Juan Martínez Tristán (Saltillo, Coahuila 1927-2021) y su partida me ha dolido en el corazón. Debo de tener toda la obra del poeta. Entre ellos: “Lágrima por Margarita” (1980), “Trivio” (2003), “Antinocturnos” (1989), “Poesía Incompleta” (1982) y “Voces y canciones recurrentes” (1985).
Voy recordando al releer las notas las cuales tengo en mi archivero sobre el poeta, es autor de los siguientes libros los cuales para mi desgracia, no encuentro en este momento: “Memorial de otoño”, “De nogales, maderas y trigos”, “Cuatro vientos”. Para don Juan Martínez Tristán, su musa fue siempre su esposa, Irene Soriano Rivera, quien no obstante de su prematura muerte, fue la protagonista de todos sus textos.
Su bautizo literario no es menor: era y es Sirio. No una estrella, sino toda una constelación, una galaxia de luz, un río por el cual el poeta transitó a su amparo el resto de la vida: “Tú lo sabes, investigo auroras,/ motivo de mi impulso es tu presencia/ y rosa de los vientos a mis pasos.// Tú lo tienes, Sirio/ lo devienes,/ te marcó un perfil de atardeceres/ cuando toda señal te pertenece”. En otro texto se lee: “Nira:/ Si por ahí ves a Sirio/ cuéntale de mí,//…/ Dile que si no halla/ una rosa perfilada de amor/ y promesas verticales,/ que aquí están/ mis poemas temblorosos,/ mis tardes meditadas/ mis respiros/ ahogados por sus ojos”.
Hubo un tiempo en el cual en México, amaban y lloraban a sus poetas. Fue el caso de Amado Nervo, el cual murió casi en aureola de santidad. Murió en 1919 y hubo funerales en su honor por seis meses. No era para menos, no obstante su corta edad, 48 años, era leído y amado por todos. Y aún en su lecho de muerte, el poeta le arrancó a su pluma un último aliento de vida para mandarle un recado a una joven musa de la cual se había enamorado en Buenos Aires, Perla Gaunet.
ESQUINA-BAJAN
Por años, mantuve una tertulia semanal y amistad con el maestro Juan Martínez Tristán. En ocasiones asistíamos a un café de la localidad. Luego, íbamos a caminar a un centro comercial y comprábamos lo mismo refrescos, café o helado. Deambulábamos y hablábamos de un tema tan sencillo como eterno: la vida. En algunas ocasiones me invitó a su casa a dicha tertulia y le escuché tocar el piano no pocas veces. Músico de conservatorio, ponía una partitura de Wolfang Amadeus Mozart o al sordo de Beethoven y sin problema alguno, los interpretaba con donaire.
Pero, la música clásica tiene su aureola de pureza marchita. Acartonada y no pocas veces con dejos de grisura apenas contenida. El maestro Juan Martínez Tristán entonces empezó a explorar el jazz. Y sí, encontró libertad. Por él y en una de tantas tertulias, conocí a uno de los mejores pianistas de jazz, Art Tatum: una maravilla. Con el maestro y en charla, no había tiempo de silencios. O bien, los mismos espasmos del silencio eran oraciones a musas ausentes. Los temas y motivos de su poesía son eso: el tiempo el cual pasa inexorable en su marcha hacia la muerte, la muerte misma, la mujer amada; mejor escrito: la ausencia de dicha mujer amada; el enigma del hombre ante el dador de la vida, llámele usted como quiera llamarle.
Hubo un buen tiempo en México y en el mundo, en el cual amaban y querían a sus poetas. Cuando éstos morían, sus funerales eran un quejido constante, un lloro y crujir de dientes. Fue el caso de la muerte de Amado Nervo. Seis meses duraron sus funerales. Embarcado en el buque “Uruguay” (país donde murió), lugar al cual llegaba, era recibido como una estrella. Honras fúnebres, sentidos panegíricos y multitudes agolpadas en todo lugar, recitando de memoria sus textos y llorando la partida del poeta. Así recorrió Brasil, República Dominicana y Cuba.
Eran otros tiempos, mejores a estos miserables los cuales nos asiste y nos condena. En uno de sus textos, el rapsoda Juan Martínez Tristán deletrea: “Que se va el año, Sirio,/ y con él, la vida”. Sí maestro Tristán, se va la vida. Diario, se va en las recuas de las horas, en el café deslavado de mujeres ojerosas y pintadas con rímel barato, se va la vida en el tedio de las oficinas burocráticas: esas, las cuales a usted le regatearon un mínimo homenaje a su larga trayectoria académica y literaria.
LETRAS MINÚSCULAS
Adiós, poeta. Hasta pronto maestro Tristán… hasta pronto.