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Adiós, poeta… (1)
Su muerte me ha dolido en el alma. Todas las muertes duelen en el lado izquierdo del pecho, el lado “moridor”, como lo dijo José Revueltas, pero a últimas fechas y debido a la pandemia bíblica la cual nos tiene de rodillas, las muertes ahora duelen el doble, han dejado de estar en el reino de la abstracción y han pasado a ser o a poblar nuestro panteón particular con huellas de dolor sin fin. La muerte de un poeta. Murió el maestro, pianista, promotor cultural, pero sobre todo, murió el poeta Juan Martínez Tristán (Saltillo, Coahuila 1927-2021) y su partida tiene varias aristas las cuales me han perturbado.
Arista política: no ha merecido una justa despedida. Una despedida del tamaño de hombre el cual era: académico, promotor cultural, hombre de familia, poeta. Gran poeta. De las mejores plumas las cuales han geminado en este árido y bello desierto coahuilense. Su muerte no ha tenido su justo y verdadero eco en los medios de comunicación y menos, en los ámbitos educativos y de cultura estatales. Si la borrosa y virtual secretaria de Cultura estatal, la eterna Ana Sofía García Camil (debe de tener 18 años en el puesto o más. Es intrascendente cuántos años tiene encimada en la nómina, pero su daño a la cultura es brutal) se apresuró a montar un teatro barato en honor del maestro Javier Villarreal Lozano, no ha sido el caso del poeta Tristán.
En materia educativa, un gris e inexistente Higinio González Calderón sólo deja hacer, sólo ve pasar. Es espectador, jamás protagonista. Un silencio ominoso y descompuesto, ha visto morir a mi amigo y maestro. “Increíble, es como si se hubiese ido a la fosa común, maestro”. Fueron las bien medidas palabras (espero no cometer una infidencia al publicarlas) del académico y periodista, el ácido y crítico Luis Carlos Plata. Le creo. ¿Podemos o debemos culpar al poeta Martínez Tristán, de las semillas de odio sembradas por su hijo, Marcos Martínez Soriano, a su paso en el ámbito de la política comarcana? Absolutamente no.
No pido, exijo la edición completa de su obra poética. Exijo su justo pedestal en el ámbito cultural local y estatal y exijo un reconocimiento público por parte de la Secretaría de Educación y de la Secretaría de Cultura estatal. Hombre de letras, libros y tonadas clásicas en su piano, reconocer al poeta Juan Martínez Tristán es reconocernos a nosotros mismos. Malo, malísimo el cuento cuando la sociedad no llora a sus mejores hombres. Malo, pésimo el cuento cuando la sociedad toda, no lee ni valora a sus poetas.
Arista literaria: entramos de lleno a lo importante. La vida y obra del maestro. Conocí a don Juan Martínez desde siempre. Desde los años ochenta del siglo pasado. Tengo o debo de tener todos sus libros firmados: “Lágrima por Margarita” (1980), “Trivio” (2003), “Antinocturnos” (1989), “Poesía Incompleta” (1992) y “Voces y canciones recurrentes” (1985).
ESQUINA-BAJAN
Al momento de redactar estas atropelladas líneas, no tengo a la mano “Elogio inconcluso y nostálgico de Saltillo”, “Cal en el tiempo” y “Márgenes del viento” (1984). ¿Nota usted lector, con cuanta garra manejó su pluma en un río interminable de letras e imágenes? Su obra reta acusadora al desdén e ignorancia de las autoridades oficiales. Amén de lo anterior, don Juan Martínez publicó por algunas temporadas, pequeñas notas editoriales tanto aquí en VANGUARDIA como en “Espacio 4”, donde le invité a colaborar en base a su tiempo disponible.
¿Quién no lo sabe? su musa, su “leit motiv” fue siempre su esposa, Irene Soriano Rivera, quien no obstante de su prematura muerte, fue la protagonista de todos sus textos. Era Sirio. No una estrella, sino toda una constelación, una galaxia de luz, un río por el cual el poeta transitó a su amparo el resto de la vida: “Tú lo sabes, investigo auroras,/ motivo de mi impulso es tu presencia/ y rosa de los vientos a mis pasos.// Tú lo tienes, Sirio/ lo devienes,/ te marcó un perfil de atardeceres/ cuando toda señal te pertenece”.
Saltillense de nacimiento, al terminar sus estudios, se avecindó en Reynosa, Tamaulipas. Allí su labor educativa fue bien aquilatada. Creo recordar, en una secundaria federal de aquella entidad, el poeta trabó gran amistad con un maestro, el mismísimo Juan Francisco Brondo Cepeda, quien firmaba sus textos como “Bronce”. Sí, padre del periodista David Brondo García. De hecho, creo también recordar, el maestro Martínez Tristán fue maestro de David Brondo en dos o tres materias académicas. Buen maestro engendra buen alumno.
En su momento, la poesía, la obra del maestro fue elogiada por Emanuel Carballo, Roberto Vallarino y Ramón Muñoz Cota. Caray, esto es nivel de lectura. Parco, el maestro escribía poco. Publicaba menos. A cuentagotas, como perlas sofisticadas y perfectas, sus versos se ataban como las cuentas a un rosario para luego dejar ver y caer todo su poder. El poder de la palabra escrita. “Contemplo las tardes finales”, reza un verso del maestro en su obra “Trivio”. El maestro se dedicaba a la contemplación y siempre estaba atento a la polución de sus ideas. Cuando murió el poeta Amado Nervo, sus funerales duraron seis meses. Cuando por fin llegó el cuerpo a México, el barco en el cual venía de Uruguay, fue escoltado por navíos uruguayos, venezolanos, brasileños, argentinos y cubanos. Todos llorando la partida del poeta.
LETRAS MINÚSCULAS
¿Aquí? Aquí la miserable política, como siempre, le ha ganado la partida a la cultura. Pinche vida. Continuará…