‘Adiós a la Armas’ de México
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‘Adiós a la Armas’ de México
“Adiós a las Armas” es una novela de Ernest Hemingway, que también escribió “Por Quién Doblan las Campanas”, título que tiene que ver con la muerte; hombre torrencial y trágico que pese a las heridas de bala recibidas en algún episodio de su vida, nunca le dijo adiós a las armas, sino que al final de su vida usó una de ellas para suicidarse, una escopeta de doble cañón con la que se voló el cerebro.
A lo que se pretende llegar con esta breve introducción de armas, tragedia y muerte es a la necesidad imperiosa de que México sea totalmente desarmado, que ningún civil posea arma de fuego alguna, decirle definitivamente en este País adiós a las armas, como sucedió en Japón, que es ejemplo de un país totalmente desarmado y, por los mismo, altamente civilizado.
Y es que la fama del México bárbaro la hemos ido arrastrando por siglos como si fuera una normalidad. Si Fernando Vallejo, que ahora vive en este País, llama a su tierra natal la “Colombia asesina”, pues entonces ha venido a vivir al “México asesino”, donde cada año se cometen más de 21 mil homicidios y donde menos del 20 por ciento son castigados, mientras que el resto de ellos queda en la más artera impunidad.
Hace seis años (2011), en este espacio publicamos un artículo sobre la violencia criminal en nuestro País. Se dijo entonces que la tragedia que vivía México era descrita en una caricatura implacable: un diablo le dice a otro en las puertas del Infierno: “Durante décadas nos preocupamos de que México se colombianizara, ahora nos da miedo que el Infierno se mexicanice”.
Es ominoso que México y Colombia carguen con la triste fama de tener niños sicarios. Vallejo escribió algo horrendo en su “Virgen de los Sicarios” (1994): “Mis conciudadanos padecen de una vileza congénita y crónica. Ésta es una raza ventajosa, envidiosa, rencorosa, embustera, traicionera, ladrona: la peste humana en su más extrema ruindad ¿La solución para acabar con la juventud delincuente? Exterminar a la niñez”. Y en un discurso los exhorta: “Colombianos: maten, roben, extorsionen, violen, secuestren que, al fin de cuentas, el anticuado concepto del delito en este país ya desapareció”.
Y conste que lo anterior no es ajeno a México, cuya tradición es el pistolerismo, los charros armados como esencia nacional, mariachis empistolados aunque bailen afeminados, la exaltación épica de Rodolfo Fierro en la “Fiesta de las Balas”, la apología de la violencia en los corridos de narcos, en el cine y la televisión; asimismo, la cruda realidad de que México está desbordado por las armas de fuego “Made in USA”.
Lo que dice Vallejo de Colombia ya lo había dicho don Daniel Cosío Villegas de nuestro País hace muchos años (1927) tras la matanza de Huitzilac, quien desde Londres espetó lo siguiente: “Salud, joven e ilustre pueblo de asesinos. ¿Qué dice el olor a sangre derramada? ¿Les sigue gustando? Maten más gente que al cabo todavía queda mucha y si les hiciera falta podemos ir los que estamos fuera ¿por qué no?”.
La tragedia de Monterrey, así como toda la saga de horrores y atrocidades que venimos arrastrando, nos obligan al desarme total de este País. Sigamos el ejemplo del Japón, donde no existen las armas de fuego entre la ciudadanía ni los homicidios con balas. Arranquemos de nuestro ser la necrofilia, el culto a la muerte. Ya no más niños sicarios, dejemos atrás el Estado criminal. No permitamos que el infierno se mexicanice.