Me acordé del tristísimo caso de la instagramera ‘arii’ (así, todo con minúsculas).

¿De quién…?, me preguntará usted.

‘arii’ se autodenomina una chica, personalidad de las redes sociales, concretamente de la plataforma Instagram, en la que todo el mundo hace alarde de lo maravillosa que es su vida (Twitter es para pelearse sabroso y Facebook es para los abuelos… Whatsapp es para las tías de esos abuelos).

Hablamos pues de una ‘influencer’, es decir, cualquier persona de las redes antes descritas u otras como YouTube, con una cantidad considerable de seguidores, suscriptores, ‘followers’ o como guste llamar a quienes les profesan fidelidad. No sé para qué explico todo esto si seguramente usted ya lo sabe: Son el tipo de celebridad que un día antes de la elección está subiendo cosas “espontáneas” en favor del Partido Verde.

El caso es que en 2019 la tal ‘arii’ contaba ni más ni menos que con 2.6 millones de suscriptores, lo que no es despreciable en absoluto y puede resultar altamente redituable si se le sabe sacar provecho.

“¡Ahora es cuándo!”, se dijo ‘arii’ y lanzó al mercado su línea de camisetas, playeras o remeras como dicen los argentinos.

 Con más de dos y medio millones de seguidores ¿qué puede ‘malir sal’? le dictaba el sentido común. La meta para volver su inversión redituable era vender 36 camisetas.

No las vendió.

Su caso resonó en los medios noticiosos como un indicador de que la burbuja de los ‘influencers’ se estaba reventando y quizás, no aún del todo, pero eventualmente…

Y me acordé de ella en razón del caso de Yoseline Hoffman, ‘influencer’ y ‘youtuber’ mexicana, conocida como “YosStoP”, quien enfrenta cargos muy graves por haber tenido la pésima idea de hacerle ‘bullying’ en sus transmisiones a una menor víctima de un ataque sexual, misma que se puso las pilas y la demandó. Hoy Hoffman sigue su proceso en prisión en el penal de Santa Martha Acatitla.

Desde luego, con 2.3 millones de seguidores en Twitter y casi nueve millones en YouTube, era lógico que muchos de ellos decidieran hacer ‘algo’ para la liberación de su gurú del lifestyle.

 “¡Hay que hacer una marcha!”, se dijeron. “¡Justicia para Yoss!”, clamaron. Bien, pues los manifestantes empataron en su número con los enanos de Blancanieves.

  Tan duro como el encarcelamiento, debe ser para esta gente el darse cuenta de que por muchos que sean, los likes no son aliados, ni una expresión del amor cultivado.

En otro ámbito, pero en el mismo orden de ideas y nomás por no dejar de mencionarlo porque la verdad es que me parte de risa, tenemos al ex gobernador de Coahuila, el docente jubilado que jamás dio clases, el príncipe de los cholos, Humberto ‘el profe’ Moreira ¡Fuerte el aplauso (se oye música colombiana)!

Tras su arresto y reclusión en una prisión en España, en enero de 2016, y con la cantidad de fieles y seguidores que el profe pandillero se cargaba; con toda la gente que se sintió beneficiada por su munificencia (¡ah, cómo era bueno para regalar dinero a costa del erario pero a título personal el cabrón!); con todos los coahuilenses que “ayudó a salir de la pobreza” con su política de “cero marginación”; con todas las manos a las que tendió la suya -puerca, pegajosa y sudorosa seguramente-, uno habría esperado que las manifestaciones de apoyo sumaran algunos miles, si no es que decenas de miles.

Tan sólo en su cierre de campaña, en la Plaza de Armas de este pueblote con problemas de metrópolis que es Saltillo, la tele local aseguraba que había reunido 60 mil fieles (aunque materialmente no caben ni de churro pero, es la tele local, usted disculpará). No obstante, sí abarrotó el lugar y las muestras de aquiescencia y aclamación popular no cesaron durante todo aquel insufrible sexenio “de la Gente”  (anodino slogan adoptado por su corruptísima administración).

Pues bien, el día que por fin Humberto Moreira ocupó el lugar que le corresponde, calentando cemento en una bartolina (efímero triunfo de la justicia, del que lo rescataría el peñanietismo que tanto se benefició de las arcas de este Estado), ese día se congregaron algunos coahuilenses para manifestar su respaldo al maestro (de las triquiñuelas), sólo para manifestar su apoyo (ni modo que para influir en la decisión de un juez del otro lado del Atlántico).

Doscientos pelados juntó. “Pelados” es sólo un decir, también había “ñoras” y mocosos, sí, para un total de 200 y eso contando al globero para redondear.

Para eso le valió la burbuja de querencia que se forjó a base de dispendiar dinero a lo pendejo, sin control, sin orden y sin objetivos hasta acumular la fabulosa suma que constituye la Megadeuda estatal, estimada –bajita la mano- en 34 ó 36 mil millones de pesos (un 36 seguido de nueve ceros).

Por supuesto, hay gente que todavía está muy agradecida con el rufián de Humberto (al segundo Moreira nadie lo quiere porque resultó peor de o.g.t). Y nada me extraña, porque es gente de muy baja condición que no entiende cómo se ejerce un presupuesto, cómo NO se debe paliar la pobreza, ni entiende lo que significa deuda pública o dimensiona la cantidad que se han robado los gobernadores coahuilenses a lo largo de los últimos 18 años.

La pesadilla se está repitiendo otra vez, pero a una escala nacional, con un mandatario carismático, dueño de una enorme popularidad emanada de acciones populistas, siendo la más onerosa el otorgamiento de bienes, recursos y hasta efectivo al margen de cualquier estrategia social. Todo regalado a nombre del camarada supremo.

Al final tendremos -como en Coahuila- arcas vacías y de la popularidad de estos mesías no quedarán ni 36 camisetas.