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10 años de lucha

Era una tarde en las oficinas de la iglesia de San Judas Tadeo, en Torreón. Estaba un grupo de ocho-diez madres sentadas en círculo. Todas tomaban carpetas, fotografías, cuadernos y tenía los ojos inyectados de miedo, de angustia, de incertidumbre.

Aquellas mujeres tenían –tienen– algo en común. Todas tenían –tienen– un hijo desaparecido. Aquella tarde fui invitado por Jesús Torres Fraire (†) quien era encargado del Centro de Derechos Humanos Juan Gerardi. Chuy me invitó a presenciar esa primera reunión entre madres de desaparecidos que buscaban sumarse a un colectivo llamado Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Coahuila (FUUNDEC), después que yo le había externado mi interés por el tema.

La reunión me asombró en ese momento y la sigo recordando como algo que impactó mi vida personal y profesional. Desde entonces puedo decir que he estado estos años atento siempre al tema de los desaparecidos.

Recuerdo muy bien la dinámica de la reunión. Las madres no se conocían, entonces cada una se presentaba: Soy María Elena Salazar, mi hijo Hugo González Salazar desapareció el 20 de julio de 2009. Tenía 24 años cuando desapareció. Mi nombre es Luz Elena Montalvo, mi hijo se llama Daniel Dávila Montalvo y desapareció el 23 de junio de 2009 a la edad de 27 años. Mi hijo trabajaba, mi hijo tenía familia, tenía hijo; mi hijo tenía 22 años, 26 años, 24 años.

Escuchar las edades me cimbró. Yo rondaba esa edad –tendría 24, 25 años– e imaginaba que yo podría ser alguno de aquellos muchachos desaparecidos. Que mi madre podría estar sentada en el mismo círculo implorando por mi aparición.

Después solicité a Chuy poder entrevistar a algunas madres, y las agendamos. Cuando llegué, el temor lo sostenían en el apretón de manos. Me presenté y les expliqué el objetivo de la entrevista. Dudaban de todo. Y cómo no iban a estar así, si sistemáticamente el gobierno las amenazaba, las amedrentaba, las humillaba, las traicionaba. Las entrevistas tenían ese sabor a desahogo.

Poco a poco las señoras desarrollaron confianza, empezaron a soltarse. Las acompañaba y cubría sus marchas en la plaza de Armas, sus eventos de visibilización, sus ventas de comida en la iglesia para ir a Saltillo o la Ciudad de México, y hasta estuve en algunos viajes que realizaron a la capital del País. Su esperanza siempre fue y ha sido un muro infranqueable.

Por eso, si hay algo que me frustra es ver a todas las madres, a las familias con las que hablé, platiqué, entrevisté y compartí hace 10 años, verlas sin haber logrado el objetivo esencial de encontrarse con sus hijos. Duele verlas cómo se han ido desgastando; volverlas a entrevistar 10 años después con más preguntas que respuestas. Haber documentado sus caminares, sus corajes, sus luchas, sus viajes, sus esperanzas, sus reclamos, sus exigencias. Y allí están, allí siguen, sin tirar la toalla, con ese amor por sus hijos que las sostiene, las empuja, las levanta.

AL TIRO

El 19 de diciembre las familias de FUUNDEC-FUNDEM “celebraron” 10 años del nacimiento del colectivo. Celebraron entrecomillado porque no se puede hablar de festejos ante una tragedia. Hace 10 años un grupo de familias denunciaron 21 desapariciones en el estado, quizá sin saber, que el fenómeno de la desaparición en México se convertiría en uno de los más grandes oprobios de este País.

Recuerdo la pregunta que me hizo una madre en una ocasión, hace ya unos ocho o nueve años. “¿Paco, crees que me hijo esté vivo o esté muerto?”. No sé si bien o mal, pero le contesté (palabras más, palabras menos): “señora, no soy quién para responderle esa pregunta. Pero sí creo que en la medida que usted y sus compañeras dejen de luchar, los culpables (perpetradores y gobierno coludido y/u omiso) de la desaparición de sus hijos habrán ganado la batalla. Por eso mi admiración a su exigencia y su lucha”.

A la distancia creo que precisamente esa lucha tenaz es la que las ha dignificado, han pasado de víctimas a sujetos de derechos. El pueblo como sujeto de derechos. El empoderamiento del ciudadano, de la colectividad. Y en medio de la tragedia, ese es un triunfo.