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San Blas. Un santo muy santo
La penicilina le quitó popularidad a San Blas, imprescindible santo en los días de mi infancia. En aquellos años -hablo de los cuarentas- muchos niños morían de males de la garganta, especialmente difteria y tos ferina. Esas enfermedades eran terror de las mamás, que buscaban la protección de San Blasito.
En los templos católicos se celebraba un rito llamado “la bendición de las gargantas”. No sé si exista todavía: muchas bellezas de la Iglesia desaparecieron después del Concilio Vaticano Segundo. Ahora casi la única diferencia que hay entre nosotros los católicos y los protestantes es que ellos conocen mejor la Biblia que nosotros. Si mi catolicismo se compara con el de mis papás y mis abuelos, yo soy ahora un hermano separado.
Trataré de evocar aquella ceremonia de San Blas. Nuestra mamá nos llevaba a la iglesia, y nos formábamos en una larga fila. Uno a uno el sacerdote nos iba colocando en la garganta un par de velas encendidas con las cuales formaba una cruz, y pronunciaba unas palabras en latín. Seguramente era una oración a San Blas. Vivió este santo en Armenia -siglo IV-, y era médico. Recibía a los enfermos en una cueva, y los atendía dándoles solamente la bendición: al parecer andaba escaso en medicinas. Sin embargo los pacientes de San Blas sanaban siempre. Tan milagroso era el santo que lo buscaban en su retiro, para que los curara, hasta los animales montaraces heridos por los cazadores.
Por aquel tiempo era gobernador de Capadocia un tal Agrícola, que gustaba mucho de los espectáculos circenses. A fin de allegarse bestias para sus shows mandó una expedición de cazadores, que se sorprendieron al ver un numeroso concurso de animales feroces que hacían fila frente a la entrada de la gruta: osos, tigres, leones, panteras, sierpes venenosas. Eran animales enfermos -pobrecitos- que habían acudido a la consulta de San Blas y esperaban pacientemente a ser atendidos, sin disponer siquiera, para entretenerse, de revistas de 10 años atrás.
Fue así como los sayones de Agrícola descubrieron al santo y lo apresaron. Puesto en un oscuro calabozo, y húmedo además, como debe ser todo calabozo que se precie de su calabocidad, hasta ahí fue a buscarlo una afligida madre cuya hija tenía atorada en la garganta una espina de pescado. Sin posibilidad de practicarle a la criatura la maniobra de Heimlich envió San Blas un rayo de sol a través de la ventana de su celda.
-Di “ah” -pidió a la niña.
Ella dijo:
-Ga.
El rayito de sol entró por la garganta y sacó la espina con habilidad de sabio protomédico.
Por tirria contra los cristianos el tal Agrícola condenó a San Blas a morir ahogado. Lo hizo arrojar a un lago, con un yunque atado a los pies. San Blas surgió a la superficie con todo y yunque, y se alejó caminando sobre la superficie de las aguas, como hizo Jesús en el Mar de Galilea. Se habría salvado, de seguro, pues ya iba bastante lejecitos y nadie se atrevía a perseguirlo, pero en eso un ángel bajó del cielo y le ordenó que volviera sobre sus pasos, pues no debía rehuir la corona del martirio. Ni siquiera ayudó a San Blas a cargar el desgraciado yunque. A mí que no me manden un angelito de ésos.
Yo sigo siendo devoto de San Blas. En el Potrero tengo un cromo que compré en el mercado de Los Sapos, en Puebla, muy bonito. Ahora que anduve algo malanco (la palabra es un saltillenismo que ni siquiera aparece registrado en el valiosísimo Diccionario de Mejicanismos, de Santamaría) invoqué a San Blas, curador de todo tipo de afecciones, y eso, añadido a la sabiduría de mis médicos, me dio mi alivio. Medicina alternativa, sabe usted.
Armando FUENTES AGUIRRE
‘Catón’, Cronista de la Ciudad
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