Fito Páez, ¡dale alegría a mi corazón!
Iba a ver en vivo a Fito Páez cuando estaba terminando la universidad. Hace casi 20 años. Tenía mi boleto y mucha ilusión, mucha. Pero habíamos ido a Ciudad Juárez y el concierto era en Monterrey, una falla mecánica nos retuvo en Creel y no llegué a tiempo a aquella cita.
Aquel trayecto de regreso canté “Mariposa Tecnocolor” y “11 y 6” hasta llenar. Pero hubo una canción que fue himno, aquella que dice: “Te veo ahí en media hora, no te olvides, nos largamos de aquí. Dos días en la vida nunca vienen nada mal, de alguna forma de eso se trata vivir”.
La canciones de Páez han estado conmigo desde entonces y no he podido escucharlo en vivo todavía, hasta hoy que se hará realidad.
Recuerdo disfrutar mucho el disco “Abre”, que le presté a un amigo de cuyo nombre no quiero acordarme y que no me regresó porque se lo firmó Fito. Así las cosas. En una balanza gana más la amistad y además, sin querer yo le regalé a Fito, en una de sus mejores presentaciones, desde entonces hemos cantado juntos “Al Lado del Camino”, “Dos en la Ciudad” y ni se diga “Ahí Voy”.
Cuando viví en Madrid caminé por el Retiro junto a su “Sonrisa Inolvidable”, la canto en mi mente mientras escribo esto y me dan ganas de llorar, de nostalgia. “Vamos y no le demos al final tanta importancia”.
En aquel entonces imaginaba cómo sería todo esto “si volvieran los dragones”. Pero no, no volvieron y la vida continuó, a ratos bien, a ratos no tanto.
Estaba en España cuando me casé, llegó el amor, le dio alegría a mi corazón; afuera se fueron la pena y el dolor, que tampoco es que fueran tantos, pero uno quiere enamorarse y ser correspondido, que no es poca cosa. Y entonces para mi se encendieron las luces en el alma. ¿Y lo mejor? Continúa. Con los años, regresamos a México. Y vivimos años violentos, literalmente muy violentos.
Salir a la calle era una ruleta rusa y recuerdo que pensaba que “Ciudad de Pobres Corazones” describía el momento por el que atravesamos en el país.
Sin embargo “la vida es imprecisa y no hay salida”, y aunque la rutina seguía, tuvimos que perder el miedo y volver a amar. Finalmente de eso se trata vivir. Fue literal “El amor después del amor”, llegó a nosotros en forma de bebé, como un rayo de sol.
Recibimos en nuestra vida a nuestro “Rey Sol” y es un regalo verlo crecer cada día. Nos fuimos un tiempo de Saltillo pero regresamos y a la vuelta siento que “quiero vivir en la ciudad liberada, vivir y amar en la ciudad liberada”. Y aquí estamos.
Un día les dediqué a mis hermanos la canción que escribió con Moska, porque uno a veces abraza hasta con canciones y éstas muchas veces dicen mejor lo que nosotros queremos expresar.
Hace poco Fito estuvo en Monterrey y aquel amigo que se quedó con mi disco me invitó. No fui, no me faltaban ganas, pero soy mamá de un niño de seis años, al que añoro cada tarde al terminar mi trabajo y me quedé para estar con él y con su papá. Como dijo Fito, “ellos solos pueden más que el amor y son más fuertes que el Olimpo”.
Después de todo, “lo que pasó, pasó, no cambiaría por nada del mundo mi vida”. Y como no hay fecha que no se llegue, hoy es un día que quedará marcado en mi historia. Hoy llega el anhelado momento de celebrar en grande la vida y qué mejor manera de hacerlo que cantando.
Porque si en un terreno se siente cómodo Fito Páez es en el de la música, en donde es un monarca que crea temas que se mueven al ritmo de las emociones a las que les ha dado forma en cada una de sus canciones, que son tan suyas y tan nuestras. Fito, te esperamos “silbando un tango oxidado”, parece Piazzola, pero eres tú. Hoy te escucharé, felizmente, en vivo por primera vez y solo tengo una cosa que pedirte: “Eh, flaco, échame una mano y siéntate al piano. Eh, Fito, que te necesito”.