Corruptos por antonomasia
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Corruptos por antonomasia
Se puede decir que no es un insulto señalar que los mexicanos somos corruptos por antonomasia, tanto los que cometen los latrocinios por acción como los que por omisión nada hacemos por terminar con los abusos y la impunidad.
Porque cierto es que nuestra debilidad institucional y nuestra proverbial apatía han fomentado la rampante impunidad que nos ubica como el país más corrupto de todos los Estados miembros de la OCDE.
Y mire usted que además de corruptos, somos el país más cínico y patético del mundo, la prueba está en que el exgobernador Javier Duarte acaba de iniciar una “huelga de hambre”, una mafufada de un político acostumbrado a desayunar caviar y champán, el mismo que condenó a la miseria a millones de veracruzanos, en un Estado sin orden ni certezas como es hoy Veracruz, entidad endeudada y paupérrima donde la realidad más perceptible oscila entre un corrupto encarcelado, Javier Duarte, y otro político sospechoso de ser aun más corrupto, Miguel Ángel Yunes Linares, el actual gobernador.
Y en verdad que somos un país de cínicos, y no precisamente en la connotación griega de la expresión, que sería una distinción vivir como Diógenes y Antístenes, sino en su significado de impudicia y obscenidad manifiesta, como es el caso del exdirector de Pemex, Emilio Lozoya Austin, que ha amenazado con demandar por “daño moral” a quienes lo acusan de recibir sobornos de Odebretch, a pesar de haber sido director de una de las paraestatales más corruptas del mundo.
Y es que desde el primer superintendente de Pemex, Jaime J. Merino, nombrado por Lázaro Cárdenas en 1938, recién nacionalizado el petróleo, hasta el día de hoy, con Emilio Lozoya y Carlos Romero Deschamps, Pemex ha sido un pozo de corrupción.
Y así como la historia de Merino es sorprendente debido a que por un cuarto de siglo fue el cacique de Poza Rica, amo y señor de vidas y plazas en Pemex, como también lo fueron tiempo después la “Quina”, Barragán Camacho, Torres Pancardo, el “Trampas”, Rosendo Villarreal, Jorge Salcido y César Nava, entre otros, así hoy nos parece imposible creer en la inocencia impoluta de Lozoya Austin.
Y es que cuando don Javier Coello Trejo nos presenta a su defendido Emilio Lozoya como un “hombre de bien”, el instinto lo mueve a uno de inmediato a palparse la cartera, como lo haríamos con el “Trampas”, Rosendo, Nava o Romero Deschamps.
Porque mire usted, la acusación a nivel internacional ha llevado a la cárcel o mantiene bajo investigación a políticos como Temer, Lula, Rousseff, Toledo, Humala, Martinelli, Santos y Funes, presidentes y expresidentes de países latinoamericanos, un asunto que nos mueve a creer que son culpables antes que pensar en su posible inocencia, simplemente porque las campañas políticas se ganan con mucho dinero constante y sonante.
¿Qué pruebas a favor de Lozoya podría aportar su abogado de hierro? Pues no le extrañe que pueda decir que don Emilio siempre ha vivido en la honrada medianía. Que es militante del PRI. Que es amigo de Peña Nieto. Que es egresado de Harvard como Salinas de Gortari. Que sólo es amigo social de los ejecutivos de OHL y que su defendido nunca ha aportado ni un quinto a ninguna campaña del PRI. Y claro, puede rematar diciendo que Dilma y Lula sí son unos corruptos, pero que Emilito Lozoya es intachable, parafraseando a cierta mamá ecologista.
Cierto, somos corruptos por antonomasia.