Actrices y actores políticos
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Actrices y actores políticos
El goloso negocio de la política necesita hoy de actores y actrices consumados, a verdaderos profesionales de la actuación, que sepan imprimirle credibilidad a la función pública; ponerse dramáticos cuando sea necesario y finos actores de la soap opera cuando se requiera, porque la política siempre ha sido teatral, desde la Grecia antigua y no se diga Roma, una época representada en escenas de tragedia, con interpretes muy convincentes, plenos de gesticulación.
Escenas de gran intensidad las vimos en actores convertidos en animales políticos, por ejemplo, interpretando a Marco Antonio y Bruto (Marlon Brando y James Mason) en “Julio César”, con diálogos del dramaturgo de Avon, que permiten mangonear a la chusma con la oratoria más perversa y manipuladora: Bruto, el asesino del César, a punto de sucumbir, sale airoso y aclamado por el pueblo que se rinde a su discurso: “Y si alguno aquí se preguntase por qué Bruto se alzó contra César, ésta es mi respuesta. No porque amaba a César menos, sino porque amaba a Roma más”.
Viene luego la demagogia demoledora de Marco Antonio que hace cambiar a la plebe en contra de Bruto, es el veneno de la ira que va inoculando en la turba: “Bruto os ha dicho que César era ambicioso, una culpa que fatídicamente ha pagado; y lo dice Bruto que es un hombre de honor”, discurso que va penetrando en la gente hasta el punto de convencerla de que César no era ambicioso y que, efectivamente, Bruto no tenía una pizca de honor.
Y en eso consiste la manipulación de la plebe, la que debe dominar cualquier político que se precie de serlo, no como “Clavillazo”, a quien algo le falta para convencer al respetable, esa chispa del efecto escénico que arrastra a las masas a la veneración o a la rebelión, como la tenía Giulio Andreotti, que por más de medio siglo fue emblema del poder en Italia, que por algo fue apodado “El Divino”, cuyo clásico monólogo de ficción interpreta el actor Toni Servillo: “No saben de los horrores que tiene que cometer el poder para asegurar el desarrollo y la tranquilidad del país, durante muchos años el poder he sido yo, es monstruosa, inconfesable la contradicción de perpetuar el mal para garantizar el bien”, dicho esto con esa contundencia que le hace falta a “Clavillazo”, no para un monólogo justificando la muerte de Colosio como el “El Divino” lo hace con el asesinato de Aldo Moro, sino simplemente para decir con toda propiedad: “¡Nunca me hagan eso!”, refiriéndose al frente opositor.
Y es que saber manejar con destreza los resortes emocionales de las masas requiere no sólo de talento natural, sino también de mucho ensayo. Buen ejemplo de este ejercicio nos lo ha dado la priísta Verónica Martínez, a quien quisieron descalificar mostrando un video sobre sus declaraciones contra la misoginia de Anaya, donde realiza un esfuerzo por aparecer convincente, algo que no es criticable, sino digno de aplaudir. Y ni que decir de Berino Granados, todo un portento de actuación, sólo le falta la toga romana para ser un senador Agripa, mejor aún que Tereso, que es como una toga sin senador.
La que de plano no cuaja es Telma Guajardo, que cobra como primera actriz siendo una aberración estética. Nadie se tragó eso de que “Me evaluarán cada dos años y si no apruebo, renuncio”, como si el cargo de elección fuera renunciable. La única candidata a gobernadora y con una pésima actuación, inverosímil y mediocre. Nulidad política para las mujeres. Vale.