A casi 10 años de CIMARI, sólo hediondez

Luego de la instalación del basurero tóxico en Ramos Arizpe, los ejidos vecinos siguen igual de marginados, sólo que ahora con una pestilencia penetrante

Por Jesús Peña
Fotos Omar Saucedo
Edición: Kowanin Silva
Diseño: Edgar de la Garza

 
Entonces la hediondez aquella se apoderó de todo el pueblo de Coloradas.

Cayendo la tarde, como un ladrón en la noche, allanó los jacales de adobe de sus moradores y allí se quedó.
Era, dicen, un tufo como a mierda, a gas butano, a huevos podridos, a animal muerto, a sosa cáustica, a drenaje de ciudad, olía rancio, feo.

Un olor, cuentan los habitantes de Coloradas, insoportable, de esos olores que penetran y se encierran.

“Hay veces que la mujer me dice ‘ah cochino, no te estés peyendo, olió bien feo’, le digo, ‘no fui yo, si fuera te dijera’”. 

De repente así se viene muy feo el olor”.

Dice Edelmiro Rochel, campesino del lugar, un mediodía que él y su esposa están acostados en la cama, leyendo la biblia.

La gente, niños y viejos, comenzó a quejarse de que le lloraban los ojos, de que le dolía la panza, de que traía diarrea, vómito, gripa, dolores de cabeza, granos en la piel, calentura, escozor en la garganta.

El rumor de que se había instalado un basurero tóxico a 30 kilómetros de Coloradas, frente el ejido Plan de Guadalupe, en Ramos Arizpe, asedió al viento.

Pero a ellos, dicen, nadie les avisó, nadie les dijo nada.

-No pos a nosotros ni en cuenta nos tomaron oiga”, dice José Alfredo Rochel Rodríguez,  agricultor.

- Pa cuando nos platicaron a nosotros ya se había vendido el comisariado de Plan de Guadalupe, lo secunda Edelmiro Rochel, otro ejidatario.

Muerte segura. Mientras se desarrollaba este reportaje, un hombremurió al no recibir atención inmediata en esta clínica que se encuentra en ruinas en el Ejido La Paloma.

Sino que un día, en la tardecita, el aire que sopla al oriente de Coloradas, llegó cargado de aquella pestilencia.
“Antes venteaba puro aire bonito y ahora pos… contaminao”, dice Adán Eduardo Rodríguez Gloria, jornalero. 
La gente comenzó a sentirse mal y le echó la culpa al tiradero.

“Sí ha habido enfermedades, y la gente comenta que es por lo mismo de los gases, los olores que despide cuando echan el ácido ese pa deshacer los tóxicos que tienen ahí y hasta acá llegan las pestilencias. Peor en la noche que está serenito, se vienen los olorazos”.

Dice, como si fuera un docto en confinamientos, José Alfredo Rochel Rodríguez, un campesino.

De por sí que en Coloradas ya olía a pobreza, a olvido, a abandono y luego la hediondez esa que vino del basurero tóxico.

La gente de acá piensa que es castigo aparte, otro lastre.

“Yo desde que estamos aquí tenía a mis muchachitos así como estos niños que andan aquí, chiquitos. Así vinimos a dar nosotros con esos niños, y desde entonces no hemos salido de aquí. Aquí se criaron mis muchachos, aquí se casaron y tuvieron familia y los nietos también se casaron y nada, ni una ayuda nos han dao, no vienen, pa acá nadie nos visita”.

Platica María de Jesús Ramírez, 80 años, la mesa de su cocina con fogón, rebosando de tacos dorados de papa y frijoles.

Al menos está tarde sí huele rico en Coloradas.

“Échense un taquito”, invita la mujer. 

Lo que a María de Jesús y a sus coterráneos no les cabe en la cabeza es: qué les dio a los empresarios por venir a poner, con el permiso de las autoridades, sus tiraderos en estas regiones ixtleras y candelilleras del semidesierto de Coahuila, donde viven los campesinos más pobres de los pobres del norte del país.

30 camiones de basura tóxica es lo más  que han visto ingresar al basurero tóxico.

438 aprovechamientos de agua entre pozos y manantiales se encuentran el el Valle donde está instalado el Cimari.

25 empleos en Plan de Guadalupe creó el Confinamiento.

Promesa incumplida.La empresa que maneja el CIMARI les prometió una unidad médica pero es fecha que no ha cumplido.

“Son necesarios los confinamientos, definitivamente, porque de algún modo se tiene que proteger la ya muy deteriorada naturaleza, eso hay que reconocerlo. El cambio climático tiene mucho que ver, lo estamos viendo en los fenómenos hidro - meteorológicos, en las sequías.

“Pero que Coahuila sea el único estado, de los 32 que forman el país, que les guste para venir a confinar todos los tóxicos, no solamente de México, sino hasta del extranjero…. ¿Por qué atropellar a las gentes de escasos recursos que sufren pobreza, a los que dependen de las lluvias de temporal para sus cultivos”.

Dirá Fausto Destenave Mejía, experto en hidráulica y el perito de aquel famoso amparo que interpuso el ejido La Leona, de Ramos Arizpe, en contra de la instalación de este confinamiento.   

Destenave se refiere también al nuevo basurero que dentro de unas semanas, anunció la prensa, comenzará a operar en el pueblo de Noria de la Sabina, municipio de General Cepeda.

“La precariedad de los habitantes rurales y de los ayuntamientos de municipios elegidos para ubicar basureros tóxicos, ha sido aprovechada para ‘legalizar’, los trámites de estos proyectos”, mencionan los divulgadores Luis Aguirre y José Luis García, en un artículo que trata sobre la degradación ambiental de la región, como resultado de políticas públicas permisivas. 

Clínica abandonada. Una doctora visita de vez en cuando la comunidad pero sin medicinas no puede hacer mucho por la gente.
Resiudos peligrosos que vienen de todo el país, llegan a este confinamiento de Ramos Arizpe.
"Son necesarios los confinamientos. Pero que Coahuila sea el único estado, que les guste para venir a confinar todos los tóxicos, no solo de México, sino hasta del extranjero….".
Fausto Destenave, experto en hidráulica.

Otra tarde Eglantina Canales, la secretaria del Medio Ambiente en Coahuila, responde vía telefónica a la pregunta de
-Por qué un basurero en Plan de Guadalupe y ahora otro en Noria de la Sabina?

-¿Quieren hacerlos en el Zócalo de la Ciudad de México?, pos también está bien, no hay problema…   

Coloradas no es una ciudad industrial con pasos a desnivel, rascacielos, parques, tiendas departamentales, hoteles cinco estrellas ni restaurantes.

Es apenas un llano poblado de árboles desnudos y famélicos, con su escuela medio cayéndose, sus caminos polvosos, sus pilas de agua puerca y un caserío de adobe con sus moradores parados a la sombra, como esperando a algo o a alguien que nunca llega.  

En Coloradas la gente siempre espera.

“Ahorita estábamos esperando a unos para lo de unos proyectos, no quedaron de venir, pero cuando los vimos a ustedes pensamos que eran ellos”, suelta José Alfredo Rochel Rodríguez, que una mañana está sentado con otros dos campesinos bajo las ramas de uno de esos árboles desnudos y famélicos de Coloradas.

Por entre las ramas pelonas de la planta caen los rayos de un sol picante, abrasador.

Y ahí están José Alfredo y sus compañeros campesinos esperando, no saben qué ni a quién, pero esperan.
En Coloradas la gente siempre espera, y no se cansa de esperar, que por esa víscera terregosa y pozuda de 10 kilómetros que la separa de la carretera, las autoridades envíen a un maestro para los chicos que todavía quedan en el rancho.   

Los más grandes ven con tristeza que no hay un futuro prometedor para sus familias.
Coloradas es un llano poblado de árboles desnudos y famélicos, con su escuela medio cayéndose, sus caminos polvosos, sus pilas de agua puerca y un caserío de adobe con sus moradores parados a la sombra.
"Nunca la Secretaría de Salud de Coahuila ha ido a revisar a las personas, a hacerles análisis. No le están dando seguimiento a la salud de la gente”.
Juanita Gómez, regidora del PT en Ramos Arizpe.

La gente espera, y no cesa de esperar, que llueva, pa ver si este año levanta un poco de sorgo, de maíz.

La gente espera, y no claudica, a que les traigan los seis equipos de energía solar que faltaron, y que alguien quedó en mandarles desde hace un mes.

La gente espera a que un señor que se llama Javier Pérez, que vino a Coloradas, de quién sabe qué dependencia, regrese el material que usó para construirles los baños y que la comunidad había conseguido para restaurar de la iglesia del pueblo “y por eso la obra de la iglesia está parada”.

Y en Coloradas están esperando que un día vengan y ahora sí les pongan la purificadora de agua que les prometieron.

Y que ahora sí vengan y les arreglan el camino.

Un día, y sin que la gente lo esperara, se vino la pestilencia aquella.

Ya hace como nueve años.

“No pos de primero los ojos, diarreas, vómitos, en la piel muchos granitos, temperaturas. De primero hubo mucha enfermedad, sí, hasta mandaron una unidad (de salud), pero fue nada más una vez, ya después no”, relata Azucena de Jesús Barrera, madre de cuatro críos.

No sabe si la pestilencia se esfumó o si el pueblo acabó por acostumbrarse, “si ya se impuso uno, ya ve que se acostumbra uno a los olores”, suelta.

Estos bebederos de ganado son de agua sucia que ya dejaron de usar para consumo humano.

Lo peor del caso es que Coloradas, lo mismo que el resto de las comunidades cercanas al tiradero de residuos tóxicos, (Plan de Guadalupe, Palomas, Esperanzas, Pelillal), no tiene centro de salud, y la unidad móvil que mandaban del Hospital Ixtlero de Ramos Arizpe, hace  dos años que los abandonó.

La gente de Coloradas miraba después como una fumarola, una como nublazón que se elevaba desde el sitio del basurero, al que diariamente, según pláticas de los vigilantes, ingresan entre 15 y 30 camiones cargados de basura industrial, procedentes de San Luis Potosí, Querétaro, Hidalgo, Guanajuato, entre otros estados del país..

“Nunca la Secretaría de Salud de Coahuila ha ido a revisar a las personas, a hacerles análisis. No le están dando seguimiento a la salud de la gente que está alrededor del confinamiento y creo que es muy importante que lo hagan”.
Advierte Juanita Gómez Mares, regidora por el PT en Ramos Arizpe y quien en su tiempo fue catalogada de delincuente ambiental por su oposición al establecimiento de basureros de residuos peligrosos en lugares rodeados de agua y vida.

“Los confinamientos son necesarios en el país y no necesitamos uno ni dos, ni tres, sino ocho o 10, por lo menos,  pero bien ubicados, en lugares adecuados para eso y que se concientice a la gente de que es mejor que los residuos estén en un confinamiento, a que estén en las cañadas, detrás de los cerros y en los arroyos.

“No se está en contra de los confinamientos, se está en contra de la manera, del procedimiento en que se instalan, atropellando a los ciudadanos que somos los últimos que nos damos cuenta de que van a poner un basurero al otro lado, en el patio de la casa”.

Un resumen de Coloradas diría esto: que está ubicado a unos 140 kilómetros de Saltillo, por la carretera a Monclova; que le sobreviven unas 30 familias, las demás ya se fueron ahuyentadas por la miseria; que carece de fuentes de trabajo y por eso sus campesinos tienen que ir en burro hasta la sierra, 12 ó 15 kilómetros de la comunidad, a recolectar candelilla para producir cera, venderla y así comer;  que su monte está arrasado por la sequía; que Coloradas está clasificado como un ejido de alta marginación y que la mayoría de sus pozos y norias, de un agua más bien gruesa, están contaminados con baterías, petróleo, arsénico.  

- Ya han hecho muchos estudios y ese pozo que está ahí tiene arsénico, por eso está cerrado. Estamos tomando agua, pero no es de ese pozo. Antes la gente tomaba de ahí, sentía que se le dormía la lengua, sentía la lengua gruesa, se empezaron a morir los animales. De esto ya hace como 40 años.

Narra María de Jesús Torres entre un grupo de mujeres que nomás ven llegar a los reporteros se juntan en el solar de una casa y se ponen a hablar atropelladamente, arrebatándose la palabra. 

- Pero tenemos miedo de que con el tiempo el tiradero ese nos llegue a afectar, porque aquí el agua es mala pa tomar y luego ya con eso pos va a ser peor, interviene María de la Luz Espinosa Martínez.

AQUÍ la gente espera que llueva para poder levantar algo de sorgo y maíz.

Y estalla la alharaca:

-Acá nos tienen bien olvidados.
- Les faltan vacunas a los chavíos.
-Pero al voto vienen corriendo.
-A los que están más cerca de la carretera sí los ayudan, aquí no.
-El alcalde (Ricardo Aguirre) se levanta el cuello que ayuda y que ayuda a las comunidades.
-Cuando van a verlo se esconde.
- Vamos al DIF y dicen ‘nombre pa allá no vamos, ta bien lejos’.

El acabose de Coloradas, y otros ejidos aledaños como Plan de Guadalupe, Esperanzas, Pelillal, ocurrió en 2007, cuando la empresa Tecnología Ambiental Especializada, con sede en Monclova, consiguió el permiso para cavar en la tierra unos enormes hoyos donde sepultar toneladas y toneladas de residuos peligrosos, provenientes de la industria de todo el país.

Dentro de un valle por donde escurre el agua de lluvia que baja de las sierras y en el que existen al menos 483 aprovechamientos entre pozos, norias y manantiales, según un estudio de mecánica de suelos y permeabilidad, realizado por la compañía Consultores en Ingeniería Geofísica.

“Aquí está el Cimari, aquí está la Sierra de Paila, mire cómo está la Sierra, todos los arroyos que bajan y mire usted cuántos pozos y norias hay hasta el ejido La Leona ¿Verdad que son muchos pozos que se pueden contaminar? ¿Hay ignorancia o hay intereses o hay corrupción o hay qué?”.

Pregunta Fausto Destenave Mejía, especialista en hidráulica desde su oficina, un atardecer mientras señala unos planos desdoblados sobre su escritorio.

Casi una década después Coloradas sigue tan pobre, olvidada, abandonada, como antes.

Esta es la única calle pavimentadas del Ejido Plan de Guadalupe, donde llegó un poco más apoyo de la empresa, con empleos y despensas. Sin embargo, la gente está preocupada por la salud.
Los habitantes del Ejido Coloradas temen que el agua contenga arsénico y otras sustancias tóxicas.
"Tenemos miedo de que con el tiempo el tiradero ese nos llegue a afectar, porque aquí el agua es mala pa tomar y luego ya con eso pos va a ser peor,”.
María de la Luz Espinosa, habitante de Coloradas.

Sólo que ahora asediada por el fantasma invisible de la hediondez que, de vez en cuando, se mete, como un espíritu maligno, por los poros de sus habitantes.

“Que el gobierno nos ponga cetros agrícolas, centros de producción, que haga pozos, que ponga ganado, no que ande llevando basureros a las comunidades más marginadas. Lo que nos pasó en Ramos Arizpe es patético y no queremos que les pase a nuestros amigos de la Sabina”.

Dice Armando Mata, el líder de la organización “Dorados de Villa” y uno de los activistas que encabezaron el movimiento en contra de la instalación de este tiradero industrial en 2007.

Por aquellos días el viento, cargado de aquel olor rancio, trajo el rumor de que un camión vendría  para llevarse a los hombres de Coloradas a trabajar al confinamiento.

La gente del pueblo, que siempre está como a la espera de algo incierto, esperó.

El camión nunca llegó.

Una mañana José Alfredo Rochel Rodríguez, está sentado de espalda a un pozo de agua que la gente utiliza sólo para quemar candelilla y dar de beber al ganado, desde que una química le dijo que el agua de ese pozo estaba contaminado y por lo mismo no era buena pa tomar.

“Ésta es la que tenemos, está más delgadita y más sabrosa”, dice José Alfredo y alarga una botella de Coca – Cola que contiene un líquido cristalino y fresco, el agua que los pobladores de Coloradas sacan de otro pozo que hace meses mandó perforar el gobierno.

-¿Verdá que está buena? 

Entretanto Coloradas se sigue doliendo de que además del agua contaminada, la falta de empleo, de un profesor para sus críos, tiene que aguantar la pestilencia que viene del tiradero.

“En Plan de Guadalupe no se quejan, y están cerquitas ahí del basurero”, dice María Luisa Rodríguez Hernández, aldeana. 

En coloradas les prometieron una purificadora de agua que nunca llegó.

PLAN DE GUADALUPE

Son las 11 de otra mañana brumosa en Plan de Guadalupe, municipio de Ramos Arizpe.

En la sala – recámara de la casa de doña Isidra Guel García, hay un altar, con muchas imágenes de santos y vírgenes, que ocupa toda la pared.

Isidra, una de las pocas mujeres de aquí que luchó por más de cuatro años para impedir la instalación del confinamiento del Plan en 2007, está contando de la vez que en una reunión encaró al entonces alcalde de Ramos, Ernesto Saro:

“A ver ¿por qué vas y lo pones en mi rancho?, ¿cómo no lo pones allá donde eres tú?”. 

Que porque allá, donde era él, respondió Saro, había mantos freáticos, “¿ah y donde nosotros no?”, reviró Isidra.
Pero nada cambió y el tiradero se puso.

La vida en Plan de Guadalupe se parece mucho a la de Coloradas, y a la de otros ejidos cercanos al basurero de residuos peligrosos.       

Sus habitantes viven de la producción de cera de candelilla, la poca que aún queda en el monte, y de los cultivos de temporal, maíz, frijol.

En Plan de Guadalupe tampoco hay calles asfaltadas, salvo la de la  entrada principal del pueblo.

No existen fuentes de empleo para las mujeres ni centro de salud.

Pero a veces las autoridades de Ramos les mandan a una doctora que nunca trae medicamento, pero ella que culpa tiene.

Seguido, por las tardes, las noches o cuando llueve, huele muy mal y a la gente le arde la garganta y se le revuelve el estómago.

La diferencia es que en Plan de Guadalupe, de un tiempo acá, sus hombres, unos 20 ó 25, trabajan como vigilantes, operadores de maquinaria,  choferes o montacarguistas, en el confinamiento de residuos peligrosos, por un salario de mil a mil 500 pesos semanales y Seguro Social.

Las familias pobres del Plan, unas 65, reciben, cada año, despensas y cobijas de parte de Tecnología Ambiental Especializada, la compañía que administra el basurero tóxico; los maestros, ayuda de pizarrones y cuanto pidan, los estudiantes, camiones para trasladarse a la escuela y los niños, piñata, juguetes, un bolo, cuando es diciembre o 30 de abril.

“Pa uno de fregao sí, pos ái poquitas cosas, un kilillo de Maseca, un litrito de aceite pos ya es ayuda”, dice Rubén Vázquez, un agricultor.

El comisariado ejidal mejoró su tienda de abarrotes.

Y según dicen los campesinos Antonio García Martínez y Luis Gaytán de León, ya se acabaron las madrugas, 3:00 – 4:00 de la mañana, de ir a la candelilla en los burros, hasta allá lejos, en la sierra.

Se acabó.

“Yo lo veo así: es un beneficio, porque si no fuera eso, sería la candelilla que ya está muy escasa. Si no ha venido eso a parar aquí pues ahorita estuviéramos en serios problemas, tal vez ya mucha gente se estuviera saliendo de aquí por la falta de empleo”.

Opina Juan Vázquez Martínez, ejidatario, quien al principio se opuso la instalación del confinamiento y ahora trabaja allí como vigilante. 

Isidra no piensa lo mismo.

“Todos están vendidos, todos. Aquí lo que aflojaron fue esto”.

Dice y hace con los dedos esa señal que significa dinero.  

“Sí es la necesidad y pos bueno, la necesidad dicen que tiene cara de hereje, pero el llevar despensas y tener todos esos beneficios no compensa, si hay algún daño en la salud.

“Esos beneficios de por sí deben ser, porque todas las empresas que estén cerca de esas comunidades deben de beneficiar en alguna forma, mas no de perjudicar”.

La candelilla es la única forma de sustento en Coloradas, un ejido con alto grado de marginación.

Declara Guadalupe López Villarreal, ex – integrante de Arte, Cultura e Historia del Valle de la Labores de Ramos Arizpe, organización que peleó con creces en contra del tiradero.  

Pero Isidra ha decidido mantenerse en esa resistencia de evitar cualquier trato con los dueños del confinamiento.

Sus hijos, a excepción de la mayoría de los hombres de aquí, no se dejaron reclutar por la empresa.

Una, por convicción propia; otra, porque Isidra se los prohibió.

“Ái los únicos que nos hemos amarrao los pantalones somos nosotros. Mis hijos no han entrao porque les dije que no. Si empezamos mal con la empresa, vamos a darle hasta donde tope, yo fui la que anduvo y luego pa que digan ‘no ahora si, ya le caló el hambre”.

Su nuera Martha Maldonado dice que prefiere comprar agua purificada y no beber ni cocinar con agua de la llave, desde que se puso el tiradero porque “sabrá Dios”.

En el recorrido por La Paloma, otro ejido aleñado al confinamiento, Sonia Guadalupe Dávila Herrera, la auxiliar de enfermera sin título, contará que anoche se les murió un anciano enfermo en la carretera cuando lo llevaban al hospital, porque la clínica del rancho está en ruinas y la empresa Tecnología Ambiental Especializada, no ha cumplido con ponerles la unidad médica que les prometió; que el pozo de agua que alimenta al ejido ya se secó y que cada día los hombres tienen que ir más y más lejos a buscar candelilla.

En Esperanzas. Jorge Alonso, un agricultor, dirá que está preocupado porque el agua del ejido se vaya a contaminar con tanto veneno que llega al basurero.   

Y en El Pelillal la gente no hablará porque, ¿para qué?, si el basurero ya está puesto…   

Al principio cuentan que hubo más problemas de salud, ojos irritados, vómitos, problemas en la piel... esperan ya una purificadora de agua.