Un torneo desconcertante
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Un torneo desconcertante
Los torneos semestrales del futbol mexicano son cada vez menos regulares. Definirlo como que son “más competitivos” sería un concepto generoso y acotado. En todo caso, son más combativos y de nivel fluctuante mirados siempre desde la necesidad de sumar.
Ser competitivo es una cuestión mucho más compleja. Se requiere una serie de componentes que coincidan en juego, regularidad y productividad. Esto es que, además de una sostenida paridad entre quienes participan por un logro, los equipos deberían enriquecer su camino con señales de progreso, cosa que en la actualidad no se da.
Todo se ha reducido a rachas y a miniciclos en ambos sentidos. Hoy un equipo puede presumir efectividad en un par de partidos, pero hundirse en los que siguen. Los altibajos son desconcertantes.
Se puede ganar o perder, pero en el actual Apertura lo que sorprende son las formas. No hay garantías de que mañana se pueda demostrar igual o más a lo que se ofreció hoy. Y esta dinámica tan cambiante abraza a casi todos los cuadros.
El torneo llega a su recta final con un abanico de interesados en meterse al selecto grupo de los 8. Para algunos es mayor el tiempo y el esfuerzo que le demanda llegar a la Liguilla que lo que duran dentro de ella, pero ¿quién les quita el mérito de clasificar?
Un mérito que, en el mejor de los casos, sólo sirve para que el corte de caja al final del semestre le otorgue más oxígeno al técnico y a ciertos jugadores. Es un convencimiento barato, porque para efectos deportivos, clasificar y no llegar a destino, será siempre un fracaso, en el entendido de que todos juegan para ser campeón.
Para los amantes de los números ha llegado la época de comenzar a hacer cuentas sobre supuestos. Se cruzan datos, se hacen combinaciones, se ponen y se quitan resultados en el aire, se comparan campañas, se mide el grado de peligrosidad de los futuros rivales y se suelen emitir sentencias desde la estadística. Sin embargo, lo que casi siempre ocurre es que no ocurra nada de lo pronosticado.
Porque ser campeón en el torneo mexicano está más ligado a la imprevisibilidad que a las tendencias. Es más una cuestión emparentada al momento y no tanto a la campaña. “No me interesa como empiezo, yo quiero estar bien fino allá arriba, en las dos últimas jornadas, para entrar con fuerza a la Liguilla”, dice siempre el técnico La Volpe. Todos piensan igual.
Un equipo es un estado de ánimo y sólo necesita motivarse y enrracharse en los metros finales para dar el golpe, independientemente del comportamiento que haya tenido en la estela de partidos que ha dejado atrás.
El formato del torneo obliga a los equipos a ser más calculadores. Abona a la mezquindad y reduce el margen para estabilizar y educar una propuesta. El torneo corto inyecta una mayor dosis de histeria y desesperación en pos del resultado. No importa el cómo, sino sumar. Importa más cerrar bien en los números que jugar mejor.
Nadie está exento a este escenario. De Pumas al Atlas hay 11 escalones, 14 equipos apretados en esa franja y 9 puntos por disputar. Ni Pumas tiene asegurado el primer lugar ni los que le siguen están tan firmes para participar del reducido final.
Es un torneo que pulveriza las predicciones y donde todo parece estar sujeto al azar. Es un torneo donde cualquiera puede sentirse candidato porque si alguien acusa cierta ciclotimia, seguramente el rival estará igual.